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Luciérnaga en vuelo;
¡mira!, iba a decir, pero
estoy solo.

Taigi
(trad. de F. Rodríguez Izquierdo)



XIX

La alondra sabe
retener en su vuelo
toda la nieve.



XXXIII

Triste gorrión
que cruzas los semáforos
junto a mi sombra.



XLIII

Una luz cruje
detrás de la persiana.
Quizá amanece.



LX
El río arrastra
por la corriente abajo
quizá mi rostro.



LXI

Tantas ventanas
para que acaso el cielo
sea promesa.



LXVII

El río seco
has cruzado con paso
dubitativo.


Sol de hogueras. Ricardo Virtanen. Editorial Renacimiento. 2010. Salamanca.

Permanecer quieto, la montaña

Montaña divina

muy cerca

tras de mí

yo

estúpida

sin saber me separaba

ella

esperándome

yo

buscándola


La fuerza amansadora de lo pequeño

Las palabras alimentan un fuego.

Las palabras son necesarias
para que arda el silencio,

para que ardan los actos.


La insensatez de la juventud

Me he conocido
y me he dado cuenta de mi profundidad
porque constato que estoy en mi superficie.

¿Qué hago aquí?
Nada.
Nado.

¿Y al fondo?

Todo.

Retráctiles. Pilar González España. Ediciones Torremozas. Colección Torremozas. 2011. Madrid.

PO-ÉTICA

Hay un tiempo
en que la leña arde en el paraíso
climatizado
de los seres prudentes.
En un mundo sensato
comedido
donde ya nada nuevo es necesario.

Un momento preciso
para volver a casa cada día
y rebañar a solas
la miel del desencanto,
la rebanada fría del dolor.

Dentro de tu edificio
hay una vibración imperceptible
que avanza sin querer,
                          como un desprendimiento
de nieve encadenada
que quisiera cegar la oscuridad.

Es el frágil temblor
              de un alud que iniciara
su descenso,
la quemadura blanca
de una noche interior que se vacía
en el mismo momento en que la nieve
desbroza su letargo,
                                  su breve oscuridad,
y una niña olvidada
sostiene en algún mundo una cerilla,
minúscula claridad
que emana de la sombra y del silencio.

La clarividencia de la noche
borra los espejismos de la luz.

Ya sólo es cierto
que esa luz nos obliga
a descalzar el alma,
            a contemplar por fin
la otra claridad,
            aquella que se esconde tras la luz.


ANOREXIA

Ella
sueña con despertarse en otro cuerpo,
un cuerpo ingrávido que ruede
                                        o se deslice
en el silencio inservible
de las cosas.

No se deja tocar.

En su única isla
habitan maniquíes
que saquean las despensas vacías
del corazón.

Se irrita cuando hay algo
que llevarse a la boca.
Ella sueña senderos voladizos
que hagan caer su sombra
entre la nieve.

Su peor pesadilla:
                                engordar alimañas.


DESAPARECIDOS (2)

Tras los muros de esta ciudad insomne
se ocultan unos cuerpos
                           unos nombres
que no sobrevivieron
a alguna despedida.
Bajo la piedra
                  se esconde un cauce oculto
un manantial de cal itinerante,
un corazón talado
                  que sangra todavía.


X

El ciego despuntar de la nevada
prende la claridad entre los dóciles.

Acaricio mi muerte.

El dolor se aposenta sobre las criaturas
que se dejan vivir.
Aquellas
que sólo se alimentan
                         de láudano y miseria.


LUCHO EN TODOS LOS FLANCOS

A veces me pregunto
cómo avanzar tan viva hacia la muerte.

Sacuden mis heridas,
                me arrasan la memoria,
entronizan la larva del vacío.

Mi cuerpo es una cápsula
que prende en la vigilia.

Una funda vacía,
una cáscara muda
                           a punto de estallar.


Discordia de los dóciles. Rosana Acquaroni. Olifante Ediciones de Poesía. Colección Olifante. 2011.

Carrera

El caballo y el jinete
desaparecen de sí mismos
y reaparecen de nuevo
en un único animal:

                el viento.


Oso perezoso

Llegué tarde al encuentro con mi sombra
y entonces mi sombra fue mi cuerpo
y mi cuerpo
    la sombra de una sombra.


Murciélago

El miedo de abrir
        los ojos en la oscuridad
y no tener
                la certeza
de poder ver


Búho

El miedo de abrir los ojos
en la oscuridad
      y tener
            la certeza
de no poder
                  dejar
de ver.


Albatros

Alba   Atroz.


Bestimenta. Óscar Pirot. Papel de Fumar Ediciones C.S.A. Tabacalera. Colección Cienfuegos. Febrero 2011. Madrid.

El bosque
Y mi bosque
Y su nieve
Y mi nieve
Y el viento de ellos
Y sus hojas
Todas
Con su verde nada
Y la nada
Y mi nada



Unheimliche III

En la cabeza soleada del animal había una mosca. El resto descansaba en la sombra. La novela desdibuja la escena de sexo y las televisiones entran a un tiempo en su ruido blanco. Dos manitas cubren una cara roja. Es un periódico. Algo demasiado humano, algo que una novela dejaría en los huesos. En el blanco sobrenatural de la narración. Mejores son los hechos de un sueño y el descanso al que te arrastran. Como arrastran a un cuerpo cerca de un abismo nada temible. En la noche escribí sobre un techo húmedo y azul lo que quería decir en realidad. Antes de eso, ese día, habíamos visto un museo de momias donde había dos médicos franceses, una mujer china, un náufrago y una mujer que tenía las manos sobre la cara, como empujando hacia arriba, había despertado de un ataque de catalepsia dentro de su humilde caja. Los demás muertos eran del rumbo. Incluso el bebé de seis meses al que sentaron sobre un pedestal frente a la incisión por la que nació muerto. Al volver vimos por el camino una cerca llena de avestruces corriendo. Altas y veloces. En el techo húmedo escribí todo esto: ellos tienen derecho a una sepultura y la tierra tiene demasiada sal por estos lares. Se ve que no soy de aquí.


El Libro

Tal vez en Rusia existan
las banderas amarillas
               ahora que las ventanas han perdido simetría
y que las fachadas hacinan igualdad. Me acuerdo de rusos
tristes por los encargos de cabezas colosales
y la falta de naturalezas muertas.
Un poco de muerte
ayuda a vivir
, dijo el primero.
Pintaron una gama de decadencias hasta el negro.
Bocas con heridas recientes
pulsan, cortes de la velocidad,
deseos irreconciliables trazan la musculatura de los árboles.

Todo es monstruosamente bíblico.
Como si no pudiéramos agregar un solo signo
a una página ya escrita.
¿Estamos aquí para leer un libro?, ¿un libro nieve?
Algunos genios empiezan por leer El libro de los Reyes
y más tarde
sufren de todos modos:
                                  Desean a la mujer de su prójimo.

Para sacar la cabeza del rosa total
hay que dejar el cuchillo sobre la mesa y hervir las cebollas
hora por hora.


De la ola, el atajo. Valerie Mejer. Editorial Amargord. Colección Transatlántica. 2009. Madrid.

Ojo del cielo

En verdes laderas como vientres,
en alguna provincia de China, a ti te hablo.
Alguien compra un perfume sabiendo
que los huesos de su amor son pequeños.
Cuando escribe la nota, cuando envuelve
la pequeña botella lo toma en cuenta. Así yo.

La más suave textura mental cubre tu espalda
como una piel verdadera. Y yo me arrimo a ti.
Escucho el firme teclear de tu máquina, la clave de un corazón
prestado. ¡Y qué importa que sea prestado!
Yo lo uso un rato y tú otro y el verdadero dueño
es el hijo del cielo que tiene muchos.

Algún día te sumergirás en el lago
helado donde los barcos de papel incencian el nombre
de los ausentes. Algunos muertos, algunos idos.
Las llamas se consumen apenas,
tanto como para que el humo arme una sola palabra
y a las demás las lame el agua. Así nos libra de un peso.
Perennemente tus laderas se llenan de pájaros.
Laderas verdes como el musgoso cimiento de tus templos.
Ellos, los pájaros, son tus fieles.
Y yo, naturalmente.
Fiel a un mundo desconocido
que existe sólo para nosotros y que desaparece al hablar.


En el cine

                 a voluntad
                 un sueño recurrente
emancipa a la boa de luz
                            abre una puerta
y él le dice a ella que el piano llegó antes del tiempo
de la cosecha
y en ese momento los créditos descienden.

Otra tarde, en una película donde la protagonista
sabe que va a morir
y por eso amenaza a su amante
en un Ford de los setenta, llueve, es de noche
y lo amenaza -si no me besas me pondré a gritar-
y se pone a gritar (como en un sueño)

Hace poco un poeta irlandés me dijo
“yo no me acuerdo de mis sueños,
mis sueños, son mis poemas”
sueños mejorados en poemas o sueños de celuloide
como cuando el profesor hace una parada en el invernadero
(el pie mordido por un perro que ya muerto viaja en su cajuela)
y responde a su alumno -voy a casa por el camino largo-

Vi a un asesino a sueldo enseñarle a su nieto a matar ardillas,
vi la lista de pendientes de una mujer moribunda
vi una góndola llevando a un ángel a su tumba
vi el sitio donde paso de mi sueño al tuyo
y me quito los zapatos y tomo agua
y revelo una película que no es mía
    y veo en tus fotos (entre letras) que estás a salvo y que tienes un amigo,
que en el sueño es un hermano necesario
                              y
vi a mi madre entrar y salir de “La Rosa Púrpura del Cairo”
y poder decir por primera vez “yo soy esa”
“yo quisiera entrar en la pantalla”
y en ese parpadeo vuelvo a ver una cara que sólo conozco por foto:
ella esquiando con un brazo libre
partiendo el agua
                        en dos
                                          a voluntad
en la calle
combatimos por retener las escenas
que la luz
diurna y maquinal de la calle
                                          desbarata
hasta que cae un sapo
y algo menos terrenal se levanta
                                          y ruge un león.


De la ola, el atajo. Valerie Mejer. Editorial Amargord. Colección Transatlántica. 2009. Madrid.

Así que me puse a pensar y me dije: «Eso que me ha encomendado el padre Lucas es una cosa terrible… ser simple como los animales y, con todo, pensar y no hacer daño a nadie.» Entonces eché a andar. Había empezado a nevar y estaba anocheciendo. Me fui hacia L’Île, porque veía las vidrieras de Notre Dame iluminadas y todos los niños en la oscuridad con los cirios titilando, diciendo sus oraciones en voz baja, con el soplo breve que sale de los pulmones pequeños, susurrando fatalmente acerca de nada, que así es como los niños recitan sus oraciones. Entonces dije: «Matthew, esta noche tienes que encontrar una iglesia pequeña y vacía, donde puedas estar solo como un animal, y aun así pensar.» De modo que me di media vuelta y fui bajando hasta llegar a Saint-Merri, allí que entré y allí que me quedé. Todas las velas ardían con regularidad por las aflicciones que la gente les había confiado y yo estaba casi solo, con la excepción de una anciana campesina que desgranaba su rosario en una esquina apartada.

De modo que me encaminé directamente hacia la caja de las almas del purgatorio, únicamente para demostrar que era un pecador auténtico, por si acaso hubiera habido algún protestante en derredor. Estaba intentando pensar cuál de mis manos era la más bendita, porque hay una caja en Raspail que dice que la mano que utilizas para dar limosna a las Hermanitas de los Pobres quedará bendita durante todo el día, pero me desentendí de la cuestión, con la esperanza de que fuera la derecha. Arrodillado en un rincón oscuro, con la cabeza gacha, me incliné para sacar a Bartolillo O’Toole, porque le tocaba a él, todo lo demás ya lo había probado. Esta vez no quedaba más remedio que hacerle afrontar el misterio, para que el misterio pudiera verlo con la misma claridad que me veía a mí. Y entonces dije, en un susurro: “¿Qué es eso, Señor?” Y me puse a llorar; me caían las lágrimas como cae la lluvia sobre el mundo, sin tocar la cara del cielo. De repente caí en la cuenta de que era la primera vez en la vida que mis lágrimas me resultaban extrañas, porque me saltaban de los ojos recto hacia delante; estaba llorando porque tenía que poner a Bartolillo en un aprieto de este calibre por su propio bien.

Lloraba y con mi mano izquierda golpeaba el prie-Dieu, y mientras tanto Bartolillo O’Toole yacía desmayado. Y dije: “He intentado buscar, y sólo encuentro.” Dije “Soy yo, Señor, que sé que en cualquier error perdurable como yo se encuentra la belleza. ¿No lo había dicho ya de esa manera? Pero -dije-, sin tu ayuda soy incapaz de perdudar, ¡Oh Libro de lo Oculto! C’est le plaisir qui me bouleverse! ¡El león avanza rugiendo en busca de su propia furia! Así que dime, ¿Qué es lo que de mí es permanente, yo o él?” Y allí estaba, en aquella iglesia vacía, acompañado de todas las aflicciones de la gente que parpadeaban en luces pequeñitas distribuidas por todo aquel lugar. Y dije: “Ése sería un buen mundo, Señor, si pudieras sacarnos a todos de aquí.” Y allí estaba, sosteniendo a Bartolillo, inclinado y llorando, repitiendo la pregunta hasta que la olvidé, y seguí llorando, y entonces saqué a Bartolillo de en medio, como si de un pajarillo magullado se tratara, y salí de aquel lugar y fui caminando y mirando las estrellas titilantes y dije: “¿He sido simple, como los animales, Dios mío, o he estado pensando?”

El bosque de la noche. Djuna Barnes. Editorial Seix Barral. Barcelona. 2006.

TUVE UN SUEÑO

Tuve un sueño: en mi sueño, siete jóvenes
gordas y lustrosas subían hacia la pradera
y yo las amaba en la pradera. Tras ellas
subían siete jóvenes delgadas y curtidas por el viento del
desierto
y devoraban a las gordas con sus muslos hambrientos,
pero el vientre seguía plano.
Yo las amaba también a ellas y me devoraban también a mí.

Pero la que interpretó mi sueño,
esa a la que realmente amé,
estaba gorda y delgada,
devoraba y era devorada.

Y el día siguiente a ella supe
que no volvería más a ese lugar.

Y la primavera siguiente a ella cambiaron las flores del campo
y las guías telefónicas con los nombres.

Y en los años siguientes a ella estalló una guerra
y supe que no volvería a soñar.




ME SIENTO BIEN EN MIS PANTALONES

Si los romanos no se hubieran jactado de su triunfo
en el arco de Tito no hubiéramos sabido
qué forma tenía el candelabro del templó.
Pero sabemos qué forma tienen los judíos
porque se han multiplicado hasta llegar a mí.

Me siento bien en mis pantalones,
donde se oculta mi triunfo.
Aunque sé que moriré
y aunque sé que el mesías no vendrá,
me siento bien.

Estoy hecho de sobras de carne y hueso
y de restos de ideologías. Soy la generación
del fondo de la olla: a veces por la noche,
cuando no puedo dormir,
oigo la dura cuchara raspando
y rascando en el fondo de la olla.

Pero me siento bien en mis pantalones,
me siento bien.




Gran tranquilidad: preguntas y respuestas. Yehuda Amijai. Traducción de Raquel García Lozano. Editorial Cátedra. 2004. Madrid.

HAY UNA GRAN GUERRA

Hay una gran guerra en mi boca
para no endurecerse y en mi mandíbula
para no ser como las puertas de una caja fuerte vacía
y para que no se llame a mi vida, pre-muerte.

Como un periódico pegado a una valla por el viento
está pegada a mí mi alma.
Si el viento se calma
mi alma se caerá de mí.




7

«Lloraba como un niño» eso
cuando se quiere hablar de un dolor verdadero.

Pero un niño llora también
cuando quiere decir palabras sencillas.

Nunca se dirá de un niño:
«Lloraba como un hombre mayor.»




ÉSTA ES LA HISTORIA DEL POLVO

Ésta es la historia del polvo: entre salir por la mañana
y volver por la tarde pasan la mitad de las cosas
y cuando duermo, la otra mitad. Todo sin mí.

En mi bolsillo hay llaves de casas que se han ido,
en mi cartera, sellos
para cartas que ya no tengo que enviar.

Ésta es la historia del polvo que olvidó
las piedras de las que salió,
tristeza y alegría que se medían como líquidos
ahora se miden como sólidos.
La fruta del árbol le cede el sitio a una fruta nueva
sin testamente ni dolor: también a la cosecha bulliciosa
le llegará un final silencioso, no sólo a las lágrimas.

Y ya estoy a tal distancia
que no recuerdo si lo que hice
se lo hice a mi padre, o mi hijo me lo hizo a mí.




EL SEÑOR NAJUM GOLDMANN

El señor Najum Goldmann viene cada año
el Día de la independencia a ver a su pueblo
que bulle de nostalgia el día de su fiesta.

Sus ojos son astutos y oscuros
como rendijas de huchas de donativos anónimos.
Dentro de su pequeño cuerpo
reúne pena judía y dinero.

Cada año envejece dos mil años
y no se le nota. Por cada
pogrom tiene una noche de amor.
Negocia con Nabucodonosor
rey de las bestias enloquecidas. También se encuentra
a menudo con mi padre muerto.
Más que yo.

Él nos libera a nosotros y nosotros siempre
le liberamos a él. Es profesor de natación
en la historia, enseña a su pueblo a nadar
con los lentos movimientos de la subsistencia,
no el moderno crol, sino a braza,
con una cabeza grande y triste sobre el agua. Respirar, respirar.

Una mujer de cabellos dorados permanece a un lado.
Con silenciosa admiración ve
flotar a los judíos, vivos y muertos juntos.




Detrás de todo esto se oculta una gran felicidad. Yehuda Amijai. Traducción de Raquel García Lozano. Editorial La Poesía, señor hidalgo. 2004. Barcelona.

PASEO POR LOS HERMOSOS JARDINES DEL VALLE BEN HINNOM

Para proteger el jardín y cuidar sus frutos
el hombre debe cargarse la cama a la espalda como una cruz,
ponerla en el jardín y dormir allí.
Ser parte de la sombra de día y del susurro de noche,

y todo está hecho, construido
y plantado de forma que no tengas miedo. Escucha
cómo el llanto suplicante de los que
quieren quedarse aquí por siempre se mezcla
en el aire con el llanto de los que quieren
irse a otro lugar. Y todo
está en orden y todo está bien.

Y como tierra erosionada entre
las raíces del árbol, fui erosionado en el interior de mi
padre, que permaneció.

Mis hijos volverán a ser árbol enraizado como él:
siempre una generación es árbol
y la siguiente, tierra erosionada.




UN RECUERDO AVANZA HACIA EL FUTURO

Ahora estoy en el paisaje
que vimos juntos desde la colina:
los árboles se movían con el viento,
como gente moviéndose al final de los tiempos,
y la felicidad por estar cerca de ellos
se hizo insoportable, y dijimos, qué pena
que no tengamos tiempo. «Cuando estemos
la próxima vez, iremos allí.»

Estoy allí.
Y tengo tiempo,
yo soy la próxima vez.




RECORDAR ES UNA FORMA DE ESPERANZA

La celeridad de la distancia que nos separa:
no que uno se vaya y otro se quede,
sino la doble celeridad de dos que se van.

De la casa que destruí, ni siquiera los pedazos eran míos.
Y las palabras que quisimos decirnos a lo largo de nuestra vida
eran como un preciso montón de ventanas junto a un nuevo
edificio,
cuando todavía callábamos.

No sé lo que te ha pasado desde entonces
como tampoco sé cómo me ha pasado
lo que me ha pasado desde entonces:
recordar es una forma de esperanza.




PEQUEÑO POEMA DE TRANQUILIDAD

Si el vagar es más rápido que la muerte
qué hay que temer de la muerte.

Tienes dos manos y dos pies
no estás solo,

hay hermosos cuerpos doblados sobre su amor
con la destreza en doblar papel de las guarderías.

Un hombre atraviesa la pared
y la pared permanece intacta y él permanece intacto.

Como ese hombre eres tú,
o serás como él.




Detrás de todo esto se oculta una gran felicidad. Yehuda Amijai. Traducción de Raquel García Lozano. Editorial La Poesía, señor hidalgo. 2004. Barcelona.

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