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El abuelo me ha mirado siempre
de frente.
De niños llamaba jarabe que lo cura todo
a la granadina
y nos contaba
el cuento del garbanzo.

Nunca lloró el abuelo.
Ahora, con casi cien años,
me mira, sonríe y llora:
qué bien que hayas venido,
dice,
¿estás contenta en el trabajo?
Muy contenta, abuelo.
Y vuelve a reír y llora.
Eso es lo que yo quiero, prosigue.
Cuando algunos me preguntan,
extrañados,
¿por qué sigues estudiando?
-dos másteres, dos carreras un posgrado-
yo callo, asiento y también sonrío:

mi abuelo, nacido sobre
mil novecientos diez,
lloró por primera vez cuando
su hija le dijo,
tiempo después de dejar los estudios,
papá,
quiero hacer enfermería.

La mujer nunca en la cocina.

Y yo sonrío porque nadie sabe
que el orgullo o la fuerza
también se heredan.


***


Noventa y cinco años trabajando
y lloró a los noventa y seis
por un pañal.
La primera vez que vi llorar al abuelo
sentí un dolor enorme
desde la nuca hasta la boca
del estómago.

Los más fuertes
no deberían caer nunca:
a los débiles nos destruyen.


***


El doctor le advierte,
debería tomar diez píldoras,
un jarabe,
echarse crema.

Un día el abuelo se enfadó
y echó pastillas
a la tierra de las plantas.
Dijo que eran buenas semillas.

Cuando volvió el doctor
le preguntó,
¿se ha tomado usted lo que acordamos?

Y el abuelo asintió.

Vas a enfermar, abuelo,
le dijo todo el mundo.

Y el abuelo sonrió.

La enfermedad no se cura
tan sólo con pastillas,
también es necesario
querer curarse.

El abuelo nos miró a todos añadiendo:

y también vosotros estáis enfermos.


***


Se aprenden muchas cosas
en un país lejano.
Se aprende siendo extranjera
porque te miran
y preguntan
cada día
pidiendo explicaciones.

No me paro nunca en los trayectos
del metro y del tren,

dejo que la velocidad me lleve,
devuelvo las preguntas.


Hay una araña en mi clavícula. Sara Herrera Peralta. La Garúa Libros. Barcelona. Octubre de 2012.

Trasluz

Hogueras que se encienden en las faldas del sueño:
la luz, que no dormida, agota las luciérnagas.

Enfermo de horizonte, el cansancio que incendia
su clave de amapola.

Los párpados cansados de la noche,
la altura de la luz,
su almena rota,
el dardo meridiano que se extingue
después de las ventanas.



Celda

           Recogimiento,
                                        voz

que alumbra las paredes:


primavera en secreto.



Límites para el cielo

Después el sueño
                           lento,
la morosa

caducidad de un niño.


El animal que olvida la distancia.



III
[Ariadna olvida el mar]

El rostro reclinó. Desde la orilla
todo era paz. Olor. Inmensidades.

Verdades concedidas al espacio,
suavemente oscilando entre las ramas.

Aspiró el aire frío que se abría
como un sol de papel en los pulmones.

Saber del mar su luz, su pasadizo.
Atrás dejar la sal. Volver a casa.



Tantálida

Balsa que en el estómago
naufraga,
lejano el sol,
imperio de la sed.



Sintaxis en ceniza

A pesar de la duda y del cansancio,

triste animal,
                             vencido,

que la tierra

consiente.



Invierno

Estación de cristal
donde la lengua acude
a olvidar signos.

Pulso de paz y cielo,
la nieve enciende flores de ceniza.



Araña. Ana Gorría. El Gaviero Ediciones. Colección Troquel. Almería. 2005.

En lo libre. 3

El sol quema. El avión va a baja altura
y proyecta una sombra en forma de gran cruz que anda veloz
                                   sobre la tierra.
Un hombre está en el campo cavando.
Llega la sombra.
Durante milésimas de segundo está en medio de la cruz.

He visto cruces que cuelgan en frescas bóvedas de iglesia.
A veces parecen vistas instantáneas
de algo que se mueve rápidamente.



A lo largo del radio. III

El arroyo congelado brilla y calla.
Las sombras yacen aquí profundamente,
sin voz.

Mis pasos para llegar hasta aquí fueron explosiones en el suelo
que el silencio vuelve a pintar,
vuelve a pintar.



Schubertiana. V

Nos apretamos frente al piano y tocamos a cuatro manos en
        Fa menor; dos cocheros en el mismo carruaje, resulta un
        poco ridículo.
Las manos parecen cambiar de sitio objetos tintineantes de acá
        para allá, como si tocásemos los contrapesos,
en un intento de afectar el terrible equilibrio de la balanza:
        alegría y sufrimiento pesan exactamente igual.
Annie dijo: «esta música es tan heroica», y es verdad.
Pero el que navega envidiando a los hombres de acción, esos
        que en el fondo se desprecian a sí mismos porque no son
        asesinos,
ellos no se reconocen aquí.
Y los tantos que compran y venden personas y creen que todos
        son comparables, ellos no se reconocen aquí.
No es su música. La larga melodía que es ella misma en todas
        las transformaciones, por momentos brillante y débil, por
        momentos opaca y fuerte, huella de caracol y cable de acero.
El terco canturreo que nos acompaña hasta aquí
saliendo
de las profundidades.



Deshielo a mediodía. Tomas Tranströmer. Nórdica libros. Colección Letras Nördicas. Traducción de Roberto Mascaró. 2011. Salamanca.

De Nueve Haikus

Ruido se hace
para espantar el tiempo,
para apurarlo.

*

Él bebe leche
y se duerme en su celda,
madre de piedra.



Allegro

Toco Haydn después de un día negro
y siento un sencillo calor en las manos.

Las teclas quieren. Golpean suaves martillos.
El tono es verde, vivaz y calmo.

El tono dice que hay libertad
y que alguien no paga impuesto al César.

Meto las manos en mis bolsillos Haydn
y finjo ser alguien que ve tranquilamente el mundo.

Izo la bandera Haydn -significa:
«No nos rendimos. Pero queremos paz».

La música es una casa de cristal en la ladera
donde vuelan las piedras, donde las piedras ruedan.

Y ruedan las piedras y la atraviesan
pero cada ventana queda intacta.



De Soledad

Necesito estar solo
diez minutos por la mañana
y diez minutos por la noche.
-Sin programa.

Todos hacen cola hacia todos.

Muchos.

Uno.



Deshielo a mediodía. Tomas Tranströmer. Nórdica libros. Colección Letras Nördicas. Traducción de Roberto Mascaró. 2011. Salamanca.

Casas suecas situadas aisladamente

Una confusión de ramas negras
y humeantes rayos de sol.
Aquí está hundida la cabaña
y parece sin vida.

Hasta que murmura la niebla matinal
y un anciano abre
-con mano temblorosa-
la ventana y deja salir un búho.

Y en otro punto cardinal
está la casa nueva humeando
con la mariposa de las sábanas tendidas
que flamean junto al propio nudo

de un bosque moribundo
donde la putrefacción lee
con gafas de savia
el protocolo de la termita.

Verano con lluvia de pelo pajizo
o con una sola nube de tormenta
sobre un perro que ladra.
La semilla golpea bajo la tierra.

Voces inquietas, rostros
vuelan en los cables telefónicos
con rápidas alas encogidas
sobre leguas de tierras pantanosas.

La casa en una isla del arroyo
empollando sus piedras fundamentales.
Un humo continuo: son quemados
los papeles secretos del bosque.

La lluvia vira en el cielo.
La luz serpentea en el arroyo.
La casa del acantilado vigila
los bueyes blancos de la cascada.

El otoño, con una banda de estorninos,
mantiene al amanecer en jaque.
La gente se mueve con rigidez
en el teatro de pantallas de lámpara.

Dejadlos sentir sin angustia
las alas camufladas
y la energía de Dios
arrollada en la oscuridad.



Deshielo a mediodía. Tomas Tranströmer. Nórdica libros. Colección Letras Nördicas. Traducción de Roberto Mascaró. 2011. Salamanca.

6

Reno macho al sol.
Las moscas cosen, cosen
la sombra al suelo.


11

Me ve la muerte:
problema de ajedrez.
Ya lo ha resuelto.


25

Zumba la lluvia.
Yo susurro un secreto
para entrar allí.


El cielo a medio hacer. Tomas Tranströmer. Nórdica libros. Colección Letras Nördicas. Traducción de Roberto Mascaró. 2011. Salamanca.

Noche de diciembre ’72

Aquí vengo yo, el hombre invisible, quizá al servicio
de una gran Memoria para vivir ahora. Y yo paso de largo

ante la clausurada iglesia blanca -allí dentro hay un santo
        de madera
sonriente, indefenso como si le hubiesen quitado las gafas.

Está solo. Todo lo demás es ahora, ahora, ahora. La fuerza
        de gravedad que nos oprime
hacia el trabajo diurno y la cama en la noche. La guerra.


De marzo del ’79

Cansado de todos los que llegan con palabras, palabras,
        pero no lenguaje,
parto hacia la isla cubierta de nieve.
Lo salvaje no tiene palabras.
¡Las páginas no escritas se ensanchan en todas direcciones!
Me encuentro con huellas de pezuñas de corzo en la nieve.
Lenguaje, pero no palabras.


Arcos románicos

Dentro de la enorme iglesia románica se apiñaban los
        turistas en la penumbra.
Bóveda abierta tras bóveda y sin vista de conjunto.
Algunas llamas de cirios aleteaban.
Un ángel sin rostro me abrazó
y susurró por todo el cuerpo:
«¡No te avergüences de ser hombre, sé altivo!
Dentro de ti se abre, interminablemente, bóveda tras bóveda.
Nunca estarás completo, y así ha de ser.»
Me cegaron las lágrimas,
fui empujado a la piazza que hervía bajo el sol
junto con Mr. y Mrs. Jones, el Señor Tanaka y la Signora
        Sabatini
y dentro de todos ellos se abría bóveda tras bóveda,
        interminablemente.


El cielo a medio hacer. Tomas Tranströmer. Nórdica libros. Colección Letras Nördicas. Traducción de Roberto Mascaró. 2011. Salamanca.

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