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Archive for 30 marzo 2009

Puse mi quepis en la jaula
y salí con el pájaro en la cabeza
Conque no se saluda
preguntó el comandante
No
ya no se saluda
contestó el pájaro
Ah bien
disculpe creí que se saludaba
dijo el comandante
Está disculpado todo el mundo puede equivocarse
dijo el pájaro.

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Luis I
Luis II
Luis III
Luis IV
Luis V
Luis VI
Luis VII
Luis VIII
Luis IX
Luis X (llamado el Testarudo)
Luis XI
Luis XII
Luis XIII
Luis XIV
Luis XV
Luis XVI
Luis XVIII
y nadie más nada más…
¿Qué clase de gente es ésa
que no son capaces
de contar hasta veinte?

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mi tío con quien hablo
en inglés o en francés
me dijo la última vez
en inglés

“ojalá hubiera otra guerra
así podría vengarme”

y en francés

“ojalá hubiera otra guerra
así podría vengarme”

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la postal

la tragedia de soltar
el toro blanco en la cama
y no saber torear


la tragedia seca
del albero húmero en la capa
que no se levanta


la tragedia de perder
la cabeza entre luces
de su traje imposible


la tragedia inmutable
de la mueca cubista
e invisible alfiler


la tragedia de la plaza vacía
del padre sin pañuelos
y la trompeta sin aire


la tragedia de no existir tragedia
y la estocada naranja
y la muerte casada

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I

marcas el número de teléfono de tu casa
desde el teléfono de tu casa
y preguntas por ti


II

mi gato está
sentado en mi silla

y escribe mi poema


III

en la casa de aquella que murió
en completa soledad
encuentras
tu otro pendiente

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Un día, en un restaurante, fuera del espacio y del tiempo,
me sirvieron el amor como callos fríos.
Delicadamente dije al encargado de la cocina
que los prefería calientes,
que los callos (y eran a la manera de Oporto) nunca se comen fríos.

Se impacientaron conmigo.
Nunca se puede tener razón, ni en un restaurante.
No comí, no pedí otra cosa, pagué la cuenta
y me fui a dar una vuelta por la calle.

¿Quién sabe lo que quiere decir esto?
Yo no lo sé, y pasó conmigo…

(Sé muy bien que en la infancia de todo el mundo hubo un jardín,
particular o público, o del vecino.
Sé muy bien que el que jugáramos era lo propio de él.
Y que la tristeza es de hoy.)

Lo sé de sobra,
pero si yo pedí amor, ¿por qué entonces me trajeron
callos a la manera de Oporto fríos?
No es plato que se pueda comer frío,
pero me lo trajeron frío.
No reclamé, pero estaba frío,
nunca se puede comer frío, pero vino frío.

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Los pájaros nacen en la punta de los árboles
Los árboles que veo en lugar de fruta dan pájaros
Los pájaros son la fruta más viva de los árboles
Los pájaros empiezan donde los árboles terminan
Los pájaros hacen cantar a los árboles
Al llegar los pájaros los árboles engordan se mueven
dejan el reino vegetal para pasar a ser del reino animal
Como pájaros se posan las hojas en la tierra
cuando el otoño cae veladamente sobre los campos
me gustaría decir que los pájaros emanan de los árboles
pero dejo esa forma de decir a los novelistas
es complicada y no le va bien a la poesía
todavía no ha sido aislada de la filosofía
Amo a los árboles principalmente a los que dan pájaros
¿Quién es quien los cuelga de las ramas?
¿De quién es la mano la innumerable mano?
Yo paso y se me muda el corazón.

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La exaltación de lo mínimo, y el
magnífico relámpago del
acontecimiento maestro
me restituyen la forma mi
resplandor.

Me recoge una cuna diminuta donde la
palabra se elide en la materia -en la
metáfora- necesaria, y leve, a cada
uno donde se hace eco y se desliza.

La magnolia,
el sonido que se desarrolla en ella
cuando se la pronuncia,
es un exaltado aroma
perdido en la tempestad,

un mínimo ente magnífico
deshojando relámpagos
sobre mí.

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mildred

Mildred, viuda de profesión,
recorta cuidadosamente el negro seto
del jardín de césped negro.
Desde los árboles negros, los negros pajaritos
pían sin felicidad su notas negras,
mientras el negro reloj del comedor
da veintisiete campanadas negras
que cruzan el negro aire
hasta conmover la limpísima conciencia
de la viuda Mildred.


Y en relación con la limpieza,
pues Mildred es especialmente exigente
en este punto negro,
con suma atención identifica,
para vergüenza de su negra esclava
(algo menos negra que la falta descubierta),
una mancha negra en el negro mantel de lino
y dice, así, sin compasión: ‘hay algo negro aquí’.


Los ojos negros, negros, de Mildred
-¿he hablado ya de sus ojos negros, negros?-
se detienen impasibles en los seductores ojos negros
de su negro amante, cuando desliza
por la entrepierna negra su negra mano,
cada vez más débil a causa de su tristeza
y de su inexplicable monotonía –monocroma-
y toma el negro músculo
y lo introduce en su boca negra, negra,
mientras se contempla, negramente deseada
en un espejo negro y sin color.


Y después ¿y después qué?
Después Mildred acude a la catedral negra
para asistir al negro casamiento de la semana,
ante el sacerdote numérico y lúdico,
ante los novios negros,
con sus risueñas y negras sonrisas,
con toda su vida negra por delante
y su ‘sí quiero’, negro,
y su negro ‘sí quiero’, en respuesta.


Pero ella, ella especialmente,
cándida novia negra,
despierta en la negra conciencia de Mildred,
como un relámpago negro,
lo que nuestra querida Mildred fuera otrora,
y agita el negro ramo sobre su cabeza,
caprichosa victoria,
mientras sacude el negro arroz
de su vestido,
sí, de su fatal vestido de atroz
blancura
negra.

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[Destilaciones obtenidas de: De lo que viene como si se fuera. Carlos Piera. Ed. Hiperión. 1990. Madrid]


No se puede escribir la tormenta
sin encender la luz.
No se hace historia de un relámpago.


automáticamente intento, como el ciego
que dice «ya lo veo», imaginarnos.


Ya no envidio al eunuco, al enteramente aceptable,


Como aquel que ha nacido superfluo
y ha mostrado, en distintos viajes, que lo era
y llega a donde no era nada y dicen: Hombre,
no te necesitábamos aquí. Ya sé, contesta,
pero no sé por qué,


un saber de que duro lo que dura mi imagen.


y si algo se aprende
es que el laberinto lo enseñan algunos por unas monedas.


porque salir nunca es salir con vida.


Los animales bidimensionales
inventamos abismos en láminas,


codos
para servir de horca


Muerto el espejo que educadamente
hacía de ti un fauno,


De ninguna parte y no sabe cantar.
Vivir es en él ese estar apostado, venir
es en él haber muerto en nosotros.


Hay cada vez más muebles en las habitaciones.


Hay poesía sólo porque hay muerte;
lo demas puede ser, o no, la vida.


Pero es que decir la verdad
no es bastante,
hay que decir exactamente qué es verdad.


La que mueves el sol, con estas viejas máquinas,


no tengo tiempo de dejar la máscara
y mi mano hacia el muslo va cada vez más tímida.


Indiferencia, dame
el nombre exacto de las cosas.


la pura voz es pura voz de mando.

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