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Archive for 19 noviembre 2009

sublime sans interruption
Baudelaire



Es tu terreno, conoces
la técnica:
hablar con la intensidad misma
de rosas abriéndose muy despacio.

La dificultad llega
cuando se aplica la perspectiva,
cuando después de cada metáfora
sólo hay un capullo.

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Los carabineros detuvieron a mis amigos,
les ataron las manos a los raíles,
me obligaron como se obliga a un extranjero
a subir a un tren y abandonar la ciudad.

Mis amigos enfermaron en el silencio,
tuvieron visiones en las cercanías de lo sagrado.

No la herida del inocente,
no la cuerda del cazador de reptiles,
en mi pensamiento la crueldad tiene nombre.

Me llamaron judío,
perro judío,
comunista judío hijo de perro.

Este no es un asunto que se pueda solucionar con tres palabras,
porque para cada uno de nosotros
esas palabras tampoco significan los mismo.

Yo he tenido un perro,
he hablado con él,
le he dado comida.

Para alguien que ha tenido un perro
la palabra perro es fiel como la palabra amigo,
hermosa como la palabra estrella,
necesaria como la palabra martillo.

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No se traduce al turco: desde ninguna parte
de un idioma moderno hay una urgencia
de traducir al turco. El turco llega
al turco y se queda en el turco
y será el propio hablante
quien incube el polluelo
         en este caso, mudo.
El turco como una pista de aterrizaje
vacía
         (sería otra manera
de describirlo)

Se cambia la moneda, se toca la divisa
turca sin hablarla y en los hoteles
de tres o más estrellas admiten
este comportamiento. El turista retrata el magnífico
templo bizantino, hoy mezquita, y toma un baño
de agua
que no contiene idioma. Mientras, los fotolitos
se preparan para enmudecer. Por eso procrear,
ir generando hablantes, ganar
tiempo al desuso.

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Soy el niño rodeado de niebla. Crezco a medida que una figura del fondo acentúa su silueta. Ella avanza muy despacio y cubierta por un velo de calima. Da otro paso más y emite los sonidos de mis brazos y piernas que se alargan.
Poco a poco distingo con nitidez la fisonomía de quien se acerca a mi cuerpo creciente. Con la ansiedad de joven me fijo en sus pechos, en el movimiento de sus caderas, en los ojos brillantes. Cuando llega al lugar donde espero, pone en mis manos una sustancia desconocida que introduzco en la boca. También sorbo un líquido en el que ha disuelto algún narcótico de su intimidad.
Camino detrás de esta mujer. No sufro al seguir su ritmo rápido, porque el deseo me vuelve ligero.
El trayecto es un gran circuito, y aquí coincido con niños cuyo crecimiento lo decide la movilidad de otras figuras que se divisan en la lejanía, y dejo atrás a unos hombres lentos y desgastados.
Gradualmente siento el peso que disminuye la velocidad de mi marcha. Pierdo de vista los trazos deshilachados de la mujer que amé, y me abandonan las telas con que me abrigo. A continuación se desgajan los miembros de mi cuerpo; primero un brazo y un pie, que se alejan en el aire; despegan hacia el horizonte blanco.
Viene el día en que me deshago en hilos de niebla, y es la niebla con que se envuelven las nuevas siluetas que se dirigen al encuentro de los recién nacidos.

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De regreso a casa encendí la radio y comencé a escuchar de forma automática el programa que se estaba retransmitiendo en esos momentos. Consistía en una entrevista realizada a dos voces, a una voz experimentada en el área de las matemáticas.

La historia no tendría mayor trascendencia de no ser por la anécdota que se relató asociada al brillante matemático alemán Peter Gustav Lejeune Dirichlet (1805 – 1859). Al nacer su primer hijo, decidió vencer su resistencia a la escritura de misivas y le dirigió un telegrama a su suegro en estos simples términos:

1 + 1 = 3

Para disfrutar nuevamente de esta anécdota he buscado en la red los detalles y, para mi sorpresa, encuentro que en ciertos sitios se modifica el contenido del telegrama, pasando a ser: 2 + 1 = 3.

Qué decepcionante resolución si la segunda propuesta fuese cierta. Por suerte, lo poético no habla desde la verdad, sino desde lo auténtico. Y lo imposible constituye un elemento vertebral para hacer esa llamada a la intensidad.

¿Cómo explicar si no la presencia del arte en el número? ¿No será, acaso, que la abstracción nos lleva a desligarnos de las mortíferas capas de lo real, para permitir que objetos de áreas separadas con estiletes de cristal puedan hablar entre sí?

Alcanzo a imaginar esa belleza que apenas consigo aprehender: la verdad desvirtúa, la exactitud es inútil.

Dirichlet venció su resistencia a la escritura eliminando de la misma todo rasgo convencional y puso en los términos más bellos que pudo imaginar su extraordinaria leyenda. No importa cuál es la versión correcta, Dirichlet le escribió un telegrama urgente a la poesía:

1 + 1 = 3 (o lo imposible poético)

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hace unos meses Hasier Larretxea me recomendaba la lectura de algunos títulos de poesía. en aquella ocasión se centró especialmente en Francisco Javier Irazoki y su libro Los hombres intermitentes. Irazoki construye, empleando el título de su obra, a un sujeto de la infancia: el hombre no es sino un conjunto intermitente de recuerdos intensos, cuyo discurso le ofrece, en el tiempo, una ficticia continuidad. Este sujeto no puede elegir un bando en un momento tan delicado como la preparación y ejecución de la transición española, entre País Vasco y Navarra. Este sujeto trata de entender, recordando: su posición en ese “paraíso”, en palabras de Fernando Aramburu, le otorga una inocencia indispensable para poder traducir en la palabra poética una realidad despojada de moral.

Pero no lanzo estas líneas para abordar la obra de Irazoki, sino para dar cuenta de un impulso. El segundo poema del libro, Palabra de árbol, me recordó como un fulgor otro texto impactante de Manuel Altolaguirre, Mi hijo muerto. Transformaciones. En un nuevo ejercicio de ficción necesaria se establece una continuidad en lo intermitente. En el escrito de Irazoki la vida que no comienza, el hermano fallecido en el vientre materno, encuentra su posibilidad en la higuera donde es enterrado el cuerpo. El propio hermano que saborea sus frutos tratando de descubrir la lengua fraternal, adquiere misterios que sobreviven el fenómeno de lo perdido. Su hermano muerto se comunica con él por el sabor de los frutos.

Transformaciones. La continuidad que expresa Altolaguirre se encuentra en el sujeto que recuerda. El hijo muerto del poeta es enterrado y el proceso natural de descomposición lleva a la dispersión de la vida. La vida, por tanto, se encuentra en todas partes, pero su pura disgregación la debilita. En este seno estéril / quisieras desnacerte. El padre en este caso habla con su hijo a través de su recuerdo. Sólo él puede reunir de nuevo lo disperso, dar continuidad a lo perdido. concentrar la vida, contra la irremediable huida de la unidad.


Palabra de árbol

No conocí al que murió en el vientre de mi madre. La abuela lo recogió, dijo que era grande como un guía y lo puso en el hoyo que el padre había cavado entre las raíces de mi higuera preferida.
Yo pasaba las tardes enteras bajo el gris áspero de las hojas del árbol, esperando que naciesen los higos. Cogía al fin el fruto blando y tocaba su piel negra que después deshacía en tiras. Cada hilo era una puerta para adentrarme en mi hermano muerto y lo paladeaba al ritmo lento de un viajero antiguo. Luego rompía con los dientes las semillas menudas del interior. Ellas contenían palabras, voces que subieron por la savia de la higuera.
Los otros niños crecieron descubriendo aventuras. Para mí, crecer fue sentir el paso del tiempo al escuchar los mensajes que un muerto me enviaba desde sus frutos.
Alguien quiso una ceremonia devota en aquel lugar. De la cartera de mi ojo derecho saqué una lágrima inmóvil. Una lágrima petrificada que se transformó en blasfemia de fuego cuando la deposité en la escudilla situada a los pies de los ídolos.

(Los hombres intermitentes. Francisco Javier Irazoki. Editorial Hiperión. Madrid, 2006. Pag. 28)


Mi hijo muerto

Aquella intimidad,
aquel silencio,
cuando todo era amor
sin libertad posible,
cuando te confundías con su carne
en caricia total y prolongada,
existen en la muerte
ahora que te confundes con la tierra.

Este silencio íntimo
en otra nueva madre,
que no te dará al frío
ni a la luz de la vida,
será más prolongado,
no terminará nunca.

En este seno estéril
quisieras desnacerte,
reintegrarte a los ríos,
volver a ser mi sangre.
Te veo a ti,
huyendo disgregado
en todas direcciones.
Huyes de tu unidad.
Sólo yo te concentro.

(Poesías completas. Manuel Altolaguirre. Editorial Cátedra. Madrid, 1999. Pag. 221)

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