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Archive for 20 abril 2010

in memoriam J.C. Onetti

Este es un cuento negro donde hasta las palabras son oscuras. El sonido de las palabras es oscuro, oscuro, tan oscuro que ni siquiera se puede escuchar si alguien pronuncia la palabra:

«luz»

    No se ve nada. Los personajes van vestidos de negro, tienen la cara pintada de negro y usan guantes de cuero negro que brillan apenas en la soledad de la noche como si fueran lagartos negros de cinco dedos, sin anillos ni nada. Todo es negro. Hasta la sombra llora, pues le tiene miedo a la oscuridad y está sola. Hasta las perlas de los collares son negras y, cuando chocan entre sí, hacen un sonido oscuro, un sonido oscuro de llanto, como de lágrimas negras.
    Las sillas parecen murciélagos, los niños piedras, las lechugas de mármol de Carrara y las frutas de ónix.
    Todo es negro, profundo y misterioso. Tan profundo, misterioso y negro que el cuento no tiene fin. Es un pozo sin principio y sin fondo, un pozo oscuro y todo es tan negro, que ni siquiera la boca abierta para decir la palabra «pozo» brilla un poco al hablar.
    Las dos «o» que hay en la palabra pozo, una «o» después de la pe y otra «o» después de la zeta, lloran como ojos abiertos, húmedos y negros, tan húmedos y negros que brillan y resbalan hacia adentro como lágrimas mellizas de un sol ciego.

Poesía y caracol. Rafael Courtoisie. Biblioteca Sibila -Inéditos- y Fundación BBVA. Sevilla. 2008.

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¿Hablar destruye el silencio? ¿La noche es la destrucción del día? ¿Qué huevo, qué embrión crece cuando no es posible? ¿Qué es un lugar? ¿Qué hay en un lugar cuando no hay nada, cuando el cuerpo que estaba lo desocupa y todos los ríos, todas las estepas, todos los juncos, las cordilleras de tiempo y las rías, los acantilados y grietas, mundos luctuosos de amor, todas las partes, las partes o elementos, acumulaciones de materia que eran ese lugar van a un sitio, precipitan, vierten, lo ocupan, se agitan, se cuecen en la palpitación, en el impulso puro de inundar y ser los mismos, pero los mismos desplazados un palmo, un paso, un milímetro?
    ¿Quién ocupa un lugar cuando no está? ¿Qué es? ¿Quién es? ¿Cómo se inclina y a dónde va la sombra cuando el cuerpo que la generaba ya no está? ¿Qué es una sombra sino la falta de un cuerpo, del cuerpo que la proyectaba?
    ¿Queda la sombra cuando el cuerpo cesa? ¿El cuerpo es una sombra viva, clara, de otro cuerpo más claro aún, casi invisible, más exacto?
    ¿Y el recuerdo? ¿Qué cosa es el recuerdo sino una sombra? ¿Dura? ¿Tibia? ¿Es una sombra lo que queda después que en un lugar algo desaparece? ¿La memoria es un cuerpo? ¿Los caminos de la memoria trazan la destrucción de un cuerpo? ¿La memoria es un cuerpo sin partes? ¿Dónde están las partes, los cuerpos que la memoria evoca, los tocados senos, las caderas, los cuerpos que ocultaba el cuerpo?
    ¿Qué es el amor, qué cosa, que vibra, enfurece o desarrolla, con movimientos rítmicos su ocaso, y va a cesar, va al reposo, va al «no», va al término y en ese punto encuentra agua radical, huesos de olvido, la sed, otra vez el movimiento?
    ¿Uñas y dientes, córneas partes de la multitud que es uno solo, uno que canta y se disipa y anda, y es uno más allá cuando en el mismo filo, cuando en el abismo nace una certeza?
    ¿Pero canta? ¿Cantará cuando no esté, cuando no exista? ¿Y si no existe, por qué canta?
    ¿Uñas y dientes? ¿Dientes? ¿Y la espera? ¿Manos y pies? ¿De pies? ¿De manos? ¿Pies y manos? ¿Atravesado? ¿Ojo por ojo? ¿Los ojos en la punta de las antenas, en los cuernos de caracol?
    ¿La carne del alma?
    ¿Así ataviado, atado o torvo, maniatado por el propio cuerpo, por la propia vida, por mi caparazón o cáscara en espiral?
    ¿Y qué debo esperar?
    ¿Tener más paciencia todavía? ¿Lenta, lentamente esperar?

    Padre, ¿por qué me has abandonado?

Poesía y caracol. Rafael Courtoisie. Biblioteca Sibila -Inéditos- y Fundación BBVA. Sevilla. 2008.

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Toma de posesión

Cuando llegan los invitados a la fiesta de mi hijo
se reúnen en el salón –
hombre bajos, hombres de primer curso
con suaves mentones y mandíbulas.
Están de pie con las manos en los bolsillos,
dándose empujones, disputándose el sitio, pequeñas peleas
que estallan y se calman. Uno le dice a otro
¿Cuántos años tienes? Seis. Yo siete. ¿Qué pasa?
Se observan mutuamente, se ven a sí mismos
diminutos en las pupilas del otro. Carraspean
mucho, una sala de pequeños banqueros
que cruzan los brazos y fruncen el ceño. Podría darte
una paliza
, le dice uno de siete a uno de seis,
la tarta de la discordia, tan redonda y contundente como una
torreta, está detrás sobre la mesa. Mi hijo,
con pecas como motas de nuez moscada en sus mejillas,
su pecho estrecho como la quilla de una
maqueta de barco, manos largas,
frescas y finas como el día en el que le guiaron
fuera de mí, habla alto como un anfitrión
por el bien de todo el grupo.
Podríamos matar fácilmente a uno de dos años,
dice con su voz clara. Los otros
hombres están de acuerdo, se aclaran la garganta
como los Generales, se relajan y se ponen a
jugar a la guerra, celebrando la vida de mi hijo.

Los muertos y los vivos. Sharon Olds. Bartleby Editores. 2006. Traducción de J. J. Almagro Iglesias y Carlos Jiménez Arribas

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Poema a mi marido de parte de la hija de mi padre

Siempre admitiré tu valor. Cuando te veo
abrazarme, en el espejo, veo que soy
mi padre en mujer, te veo magnífico
abrazándole a él en mí, poniendo tu vida en sus
manos en lugar de en las mías. Sabes quién soy -eres capaz
de ver su cabello brotando de mi cabeza como
el petróleo de la tierra, ver sus ojos,
cobrizos como el licor que queda en el vaso y
se oscurece al secarse, mirando más allá de mi cara,
y sus firmes labios de lactante, y los senos,
creciendo en su pecho frágiles como ampollas,
coronados por un rosa manzana. Eres temerario, le
penetras como a una mujer, mi sexo como una
herida en su cuerpo, dispersas tu semilla en su
ser como si fuera yo, confías tus hijos a ese
hombre como madre, sus manos como mis manos
cóncavas protegiendo sus cabecitas. Nunca he
conocido a un hombre con tu valor, entrando
desnudo en la jaula del león, poso
mis enormes garras en tu cráneo, saco
mi gran lengua y comienzo a
aplicar la escofina cuidadosamente
en tu piel, murmurando: cuando llegas al
éxtasis, el vello de punta
por todo el cuerpo, jamás he visto a un
hombre más feliz.

Los muertos y los vivos. Sharon Olds. Bartleby Editores. 2006. Traducción de J. J. Almagro Iglesias y Carlos Jiménez Arribas

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Los invasores

Hitler entró en París como mi
hermana entraba en mi habitación por la noche,
se sentaba a horcajadas sobre mí, me estrujaba con las rodillas,
clavaba las uñas de los pulgares en mis muñecas y
meaba encima de mí, sabiendo que nuestra madre nunca
creería mi versión. Todo muy
cauto, la cara borrosa sobre mí
refulgiendo en la sombra, el olor ocre
de su orina propagándose por el cuarto, el
calor hirviendo en mis piernas, mojada
mi estrecha pelvis. Cuando cesó el silbido, cuando un
agujero había sido marcado a fuego en mi cuerpo, tumbada
y calcinada de vergüenza, percibí el
relumbrar de su piel en el aire, el placer
ocre que crecía cuando Hitler se asomaba a
la tumba de Napoleón y murmuraba Éste es el
mejor momento de mi vida
.

Los muertos y los vivos. Sharon Olds. Bartleby Editores. 2006. Traducción de J. J. Almagro Iglesias y Carlos Jiménez Arribas

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Unidad de Quemados

Cuando mi madre habla de la Unidad de Quemados
que ha donado al hospital de su ciudad,
mi pelo asciende y flamea como humo
en el aire que rodea mi cabeza. Menciona las
camas en su nombre, los baños en suspensión y
kilómetros cuadrados de venda, y pienso en los
años con ella, yo su hija, como
sin piel, dando vueltas en carne
viva, con quemaduras de primer grado en el noventa
por ciento del cuerpo. Solía quedarme pegada a las puertas
que intentaba cruzar, a las sillas de las que
intentaba levantarme, jirones
que se desprendían fácilmente como
carne de cerdo muy hecha, y nadie me daba
una gasa, o un corte de mantequilla para que
se fundiese en mi costado crujiente, pero cuando
gritaba, ella me arrimaba a su
plancha ardiendo, cuando la cabeza calcinada apestaba ella
me arrastraba más y más a la habitación
en llamas de su vida. Así que cuando habla de su
Unidad de Quemados imagino a una niña
que llegará allí, flotará en un agua
turbia como lágrimas, un colgajo suspendido en una
bañera de ungüento, chupando hielo mientras
apagan las diminutas llamas que quedan
en el pelo cercano al cerebro, y digo
Déjala dormir cuanto quiera, permítele salir
indemne, sin ninguna marca que
honre el poder del fuego

Los muertos y los vivos. Sharon Olds. Bartleby Editores. 2006. Traducción de J. J. Almagro Iglesias y Carlos Jiménez Arribas

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El final

Decidimos los dos abortar, convertirnos
juntos en asesinos. El periodo que vendría
no cambió nada. Estaban muertos, esa joven pareja
para toda una vida.
Mientras lo hablábamos en la cama, el accidente
no fue una sorpresa. Nos acercamos a la ventana,
vimos los coches aplastados y el reflejo
curvo de los añicos de cristal, como si hubiéramos
sido nosotros. La policía sacó los cuerpos
ensangrentados como partos por la abertura
humeante de la puerta, los pusieron
en un alto, los cubrieron con mantas que
calaban. La sangre
empezó a chorrear
por mis piernas hasta las zapatillas. Me quedé
donde estaba hasta que lanzaron el bulto
por el agujero negro
de la ambulancia y levantaron al otro
con una venda en la cabeza,
con manchas donde había habido ojos.
A la mañana siguiente tuve que arrodillarme
en ese suelo durante una hora, limpiar mi sangre
frotando con trapos mojados aquellas manchas
oscuras y traslúcidas, como se deja en agua
un tiempo el molde para ablandar el glasé
cuando acaba el banquete.

Los muertos y los vivos. Sharon Olds. Bartleby Editores. 2006. Traducción de J. J. Almagro Iglesias y Carlos Jiménez Arribas

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