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Posts Tagged ‘residencia de estudiantes’

Los nazis marcharon sobre Viena.
Superman hizo su debut en Action Comics.
Stalin purgó a sus amigos revolucionarios.
El primer Dairy Queen abrió en Kankakee, Illinois.
Yo, en mi cuna, me meaba en los pañales.

“Debes de haber sido un hermoso bebé”, cantaba Bing Crosby.
Un piloto al que los periódicos llamaron “Camino Equivocado Corrigan”
despegó de Nueva York con dirección a California
y acabó aterrizando en Irlanda mientras yo veía a mi madre
sacarse un pecho del camisón azul y dirigirse hacia mí.

Aquel septiembre hubo un huracán que trasladó un cine
desde la playa de Westhampton a algún sitio en medio del mar.
La gente temía que el mundo estuviera a punto de acabarse.
Un pez que se creía extinto desde hacía setenta millones de años
apareció en una red de pesca en la costa de Suráfrica.

Yo estaba en mi cuna mientras los días se hacían más breves y fríos.
La primera gran nevada cayó durante la noche
sumiendo mi habitación en un gran silencio.
Me parece haberme oído llorar durante mucho, mucho tiempo.

22 poemas de Charles Simic. Traducción: Martín López-Vega. Residencia de Estudiantes. 12 de abril de 2011.

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He dejado olvidados por doquier pedazos de mí
tal y como hacen los distraídos
con guantes y paraguas de colores tristes
por culpa del exceso de mala suerte.

Estaba durmiendo en un banco del parque.
Era como el Arte del Antiguo Egipto.
No deseaba moverme de allí.
Hice que mi sombra alargada tomase el tren de la tarde.

“Si a un niño le damos una muñeca, le damos muerte”,
dijo la mujer que había leído a Djuna Barnes.
Pasamos la noche susurrando. Ella había viajado al África profunda.
Tenía muchas historias que contar sobre la jungla.

Yo estaba en Nueva York buscando trabajo.
Llovía como en tiempos de Noé.
Dormí en muchos portales de aquella gran ciudad.
Una vez le pedí un cigarro a un hombre de smoking.
Me miró aterrado y huyó bajo la lluvia.

Dado que según Santo Tomás de Aquino,
que probó irrefutablemente la existencia y el propósito de Dios,
“el hombre por naturaleza desea la felicidad”,
yo cargaba camiones en el Garment Center.
Junto a un negro robé un vestido rojo de mujer.
Era de seda, resplandecía.

En una noche tétrica, inflamados de amor,
lo llevamos por la larga avenida vacía,
cogiéndolo cada uno por una manga.
El calor insoportable hacía surgir
terroríficos gestos de los rostros humanos.

En la sala de lectura de la Biblioteca Pública
había un único ventilador que apenas giraba.
Los viajes de Herman Melville eran mi almohada.
Iba a bordo de un barco fantasma con las velas izadas.
No había tierra a la vista.
El mar y todos sus mostruos no podían refrescarme.

Seguí a una enfermera con pinta de mística a la consulta de un médico.
Nos pusimos a la cola tras un montón de gente con orejas y ojos vendados.
“Soy un filósofo medieval en el exilio”,
le expliqué a mi casera aquella noche.
Y, verdaderamente, yo ya no parecía yo.
Llevaba gafas con una lente rota, una tela de araña.

Me quedé todo el día en el cine.
En la pantalla una mujer atravesaba una ciudad bombardeada,
la cruzaba a pie, sin detenerse. Llevaba botas militares.
Sus piernas eran largas y estaban desnudas.
Hacía frío en todos los lugares por los que pasaba.
Me volvía la espalda, pero yo ya me había enamorado.
A la salida esperaba encontrar Europa como en tiempo de guerra.

Ni siquiera estaba nevando. Todas las personas que encontraba
vestían una parte de mi destino como máscaras de carnaval.
“Soy Bartleby, el escribiente”, le dije al camarero italiano.
“Yo también”, respondió él.
Y no era capaz de ver otra cosa que ceniceros rebosantes
minuciosamente inspeccionados por moscas con rostro humano.

22 poemas de Charles Simic. Traducción: Martín López-Vega. Residencia de Estudiantes. 12 de abril de 2011.

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Serás la nieta favorita de la guerra, de la enfermedad y de la hambruna.
Serás como un ciego viendo una película muda.
Verterás cebollas y trozos de tu corazón
en la misma olla caliente.
Tus hijos dormirán en una maleta atada a una cuerda.
Tu marido besará tus pechos cada noche
como si fueran dos lápidas de mármol.

Los cuervos ya se acicalan
para ti y los tuyos.
El mayor de tus hijos yacerá con moscas en los labios
sin sonreír ni alzar la mano.
Envidiarás a cada hormiga con la que te cruces en tu vida
y a cada yerba que pises junto al camino.
Tu cuerpo y tu alma se sentarán en escalones distintos
mascando el mismo trozo de chicle.

El demonio te dirá: ¿Estás en venta, bonita?
El dueño de la funeraria comprará un juguete para tu nieto.
Tu mente será un avispero incluso en tu lecho de muerte.
Rezarás a Dios pero él habrá colgado el cartel de
No molestar.

No me preguntes más, esto es cuanto sé.

22 poemas de Charles Simic. Traducción: Martín López-Vega. Residencia de Estudiantes. 12 de abril de 2011.

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En un templo de la India
me hipnotizó el vuelo de una mosca,
y tuve la clara sensación
de que quizás, y digo sólo quizás,
nos habíamos encontrado antes.

¿En México D.F., tal vez?
Mientras ella ascendía por las piernas amarillas
manchadas de sangre del Cristo crucificado
y sus ojos se hacían más y más grandes.
“Que Dios te siente en el más alto trono
de su reino invisible”,
me dijo en inglés un mendigo ciego.
De sobra sabía lo que yo había visto.

En el saloon en el que Pancho Villa
vació su revolver contra el techo,
sobre el culo al aire de una ninfa desnuda
que sale de un lago en una pintura.
Ahora se arrastra sin ningún pudor
por uno de los orificios nasales de uno de los Budas
haciendo su sonrisa todavía más hermética,
su rostro aún más indescifrable.

22 poemas de Charles Simic. Traducción: Martín López-Vega. Residencia de Estudiantes. 12 de abril de 2011.

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A Hayden Carruth

Si no visteis al perro de seis patas,
no importa. Nosotros lo vimos
y se pasa la mayor parte del tiempo tirado en la esquina.
En cuanto a las patas de más,

uno se acostumbraba a ellas rápidamente
y pensaba en otras cosas,
como, qué noche fría y oscura
para ir a la feria
.

El dueño arrojó un palo
y el perro fue tras él sobre cuatro patas,
las otras dos agitándose detrás,
lo que hizo que una muchacha se riera a carcajadas.

Ella estaba borracha, como lo estaba el hombre
que siguió besando su cuello.
El perro atrapó el palo y giró su cabeza para mirarnos.
Y ese fue todo el espectáculo.

22 poemas de Charles Simic. Residencia de Estudiantes. 12 de abril de 2011.

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Fue hace algunos años.

Me encontraba en casa, era domingo y el sol saludaba con desgana [imagino que por culpa de la primavera de un pie izquierdo]. Me servía tranquilamente un café mientras hacía mi descanso de no-sé-qué trabajo en el que me encontraba inmerso. Ahogado, más bien. Asomaba la mirada con dificultad por encima de la línea de flotación y alternaba cristales con palabras. Era todo yo, lo cual es espantoso.

Al principio, distraido en el ojo frío y el ojo caliente, descuidé el pequeño orificio que se formaba en mi oído. Alguien dejó allí un pañuelo de sangre y me desafió. Escuché el ‘quejío’ por primera vez. Había encendido la televisión y había apagado la visión: en la pantalla, un rostro cubista desencajaba la lluvia ritual de mi pensamiento y me traía “el olor de saliva de niño, de hierba machacada y velo de medusa que anuncia el constante bautizo de las cosas recién creadas”. Escuché por primera vez flamenco. Cantaba José Mercé y era todo lucha.

Entonces avisé a mi familia y dije: “mirad, ese hombre se está muriendo de arte”. Y mi padre susurró, como con miedo: “el duende de Lorca”. Federico García Lorca ofreció una conferencia magistral en la Residencia de Estudiantes (Madrid) titulada ‘Teoría y juego del duende’, donde desgranaba con expresión sublime uno de los “sonidos negros” más llamativos de España y lo contraponía a los conceptos de ‘ángel’ y ‘musa’.

Desde entonces he regresado a ese texto varias veces. Pero esta vez necesito de duende porque “con duende es más fácil amar, comprender, y es seguro ser amado, ser comprendido”.

Yo necesito que comprendáis una cosa muy simple: que una saeta puede salvar una vida en Sevilla, en plena Semana Santa. Y algún día espero brindaros ese cante y que escuchéis con el mismo pañuelo de sangre con que yo oía.

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