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Archive for 23 junio 2011

13

Dejamos los objetos ordenados cada noche. Sobre
las mantas agujereadas de pelo refractario.
De día volvemos a colocar ladrillos transparentes. De
nuevo construimos la pared traslúcida.
La pared es también una malla. Una red de innumerables
nudos. Se alza por encima de nosotros. Y también es el suelo
y el horizonte.

Exhaustos recorremos con los ojos su inexplicable geometría.



20

Bajo lámparas de acero. Toda la luz es acero en el solar
donde trabajamos para dar placer a los vivos.
Con los músculos trabajamos, con las partes más blandas
del alma y tiramos de ellas sumergiéndolas en orina y en
piedad.



23

Los vivos son los dueños de las luces. Cubren su piel lacada
y pura con telas venidas de paraísos a los que sueñan con ir
de vacaciones.
Los vivos tienen piel y son reacios a las definiciones.
Oyen el sutil rumor de los acantilados, oyen la transparencia
de las avenidas, oyen el vértigo de la edad.

Los vivos, superficie lacada y pura.



25

Encendemos una pira con los nombres
sus llamas no queman
su ceniza no alcanza a llenar el hueco de una mano.



29

Donde debía estar mi alma hay un pedazo de hielo. Donde
dice alma poner necesidad. Donde dice hielo, hielo. Donde
dice necesidad poner hambre, donde dice hambre, ceguera.
Donde dice ceguera, escombro.



36

Crecemos sobre nuestras patas insecto para dar de comer
a los pequeños reptiles, a las crías de los vivos. Crecemos
sobre nuestras patas de insecto, sin hambre ni memoria.
Limpios de corazón y de grasa bajo la carne.
Crecemos entre los juncos metálicos, entre los plásticos
visionarios.

Nuestras oraciones son idénticas al murmullo de los amantes
electrónicos.



La Pecera Subterránea. Pilar Fraile Amador. Amargord Ediciones. Madrid. 2011.

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desato el velo de los ojos. y no tengo ojos





                                          algo descubro




***




abro puertas

                              abro puertas hasta en las puertas

-no salgo de casa




***




no hay brisa -que no ahogue una palabra

no hay ola -que no acabe en balbuceo


:en la orilla alguien canta


y no lo sabe




***




hebra -a-hebra-dentro. hebras más. puntadas donde

la aguja no. hebras para apuntar. para apuntarme

                                                                  -para-


paro.



¿paro?




***




hilo. como un poema. des-conoce.

                                                      la aguja nunca

/en otra parte


                                                      en otro         parte




***




salir del espejo

                    de la palabra

para hallar

                    la palabra

y habitar

            el espejo




***




aguja :invento de la luz. para

                                                /ver la luz




Retales. Sonia Bueno. I Premio Internacional de Poesía Joven. Fundación Centro de Poesía José Hierro. Madrid. Marzo de 2011.

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Desciende el anzuelo,
busca al gallo,
ahora esparce,
pica el grano,
no aviséis a nadie,
no gritéis,
no matéis todavía,
los niños juegan
a quemar peldaños
de madera
(tan níveas las plumas,
tan rojo el pico
y su sonido).
No hay reino capaz
de guardar sus gallos.
Un anciano se sentó
y leyó el presagio,
otro alzó de pronto
los brazos.
Vimos nidos en sus axilas,
vimos nidos blancos.



Máquina azul
que rasga
los candados,
que abre la puerta
de la casa repudiada,
que encuentra
el cuerpo tendido
de un barco sin velas,
-apartado el fémur,
despintado-,
y en el sótano
un racimo de
costureras pálidas
hilvanando
la imagen en el barro,
remendando el agua,
desbocando caballos
en la presa,
encendiendo lámparas,
corriente eléctrica
que pone en marcha
una máquina azul
que nos aplasta.


Sales. Esther Ramón. Amargord Ediciones. Portbou Colección Transatlántica. Madrid 2011.

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Hay plumas que no ascienden.
Insiste en lo que no es lecho,
insiste sobre el trono de piedra
descarnada.
Asume la forma en su peso
de aves muertas.



Boca arriba,
sobre la piedra,
ves una caja de cristal
llena de ojos.
Su flecha fija y múltiple,
clavada en tu materia.


Sales. Esther Ramón. Amargord Ediciones. Portbou Colección Transatlántica. Madrid 2011.

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Los nazis marcharon sobre Viena.
Superman hizo su debut en Action Comics.
Stalin purgó a sus amigos revolucionarios.
El primer Dairy Queen abrió en Kankakee, Illinois.
Yo, en mi cuna, me meaba en los pañales.

“Debes de haber sido un hermoso bebé”, cantaba Bing Crosby.
Un piloto al que los periódicos llamaron “Camino Equivocado Corrigan”
despegó de Nueva York con dirección a California
y acabó aterrizando en Irlanda mientras yo veía a mi madre
sacarse un pecho del camisón azul y dirigirse hacia mí.

Aquel septiembre hubo un huracán que trasladó un cine
desde la playa de Westhampton a algún sitio en medio del mar.
La gente temía que el mundo estuviera a punto de acabarse.
Un pez que se creía extinto desde hacía setenta millones de años
apareció en una red de pesca en la costa de Suráfrica.

Yo estaba en mi cuna mientras los días se hacían más breves y fríos.
La primera gran nevada cayó durante la noche
sumiendo mi habitación en un gran silencio.
Me parece haberme oído llorar durante mucho, mucho tiempo.

22 poemas de Charles Simic. Traducción: Martín López-Vega. Residencia de Estudiantes. 12 de abril de 2011.

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He dejado olvidados por doquier pedazos de mí
tal y como hacen los distraídos
con guantes y paraguas de colores tristes
por culpa del exceso de mala suerte.

Estaba durmiendo en un banco del parque.
Era como el Arte del Antiguo Egipto.
No deseaba moverme de allí.
Hice que mi sombra alargada tomase el tren de la tarde.

“Si a un niño le damos una muñeca, le damos muerte”,
dijo la mujer que había leído a Djuna Barnes.
Pasamos la noche susurrando. Ella había viajado al África profunda.
Tenía muchas historias que contar sobre la jungla.

Yo estaba en Nueva York buscando trabajo.
Llovía como en tiempos de Noé.
Dormí en muchos portales de aquella gran ciudad.
Una vez le pedí un cigarro a un hombre de smoking.
Me miró aterrado y huyó bajo la lluvia.

Dado que según Santo Tomás de Aquino,
que probó irrefutablemente la existencia y el propósito de Dios,
“el hombre por naturaleza desea la felicidad”,
yo cargaba camiones en el Garment Center.
Junto a un negro robé un vestido rojo de mujer.
Era de seda, resplandecía.

En una noche tétrica, inflamados de amor,
lo llevamos por la larga avenida vacía,
cogiéndolo cada uno por una manga.
El calor insoportable hacía surgir
terroríficos gestos de los rostros humanos.

En la sala de lectura de la Biblioteca Pública
había un único ventilador que apenas giraba.
Los viajes de Herman Melville eran mi almohada.
Iba a bordo de un barco fantasma con las velas izadas.
No había tierra a la vista.
El mar y todos sus mostruos no podían refrescarme.

Seguí a una enfermera con pinta de mística a la consulta de un médico.
Nos pusimos a la cola tras un montón de gente con orejas y ojos vendados.
“Soy un filósofo medieval en el exilio”,
le expliqué a mi casera aquella noche.
Y, verdaderamente, yo ya no parecía yo.
Llevaba gafas con una lente rota, una tela de araña.

Me quedé todo el día en el cine.
En la pantalla una mujer atravesaba una ciudad bombardeada,
la cruzaba a pie, sin detenerse. Llevaba botas militares.
Sus piernas eran largas y estaban desnudas.
Hacía frío en todos los lugares por los que pasaba.
Me volvía la espalda, pero yo ya me había enamorado.
A la salida esperaba encontrar Europa como en tiempo de guerra.

Ni siquiera estaba nevando. Todas las personas que encontraba
vestían una parte de mi destino como máscaras de carnaval.
“Soy Bartleby, el escribiente”, le dije al camarero italiano.
“Yo también”, respondió él.
Y no era capaz de ver otra cosa que ceniceros rebosantes
minuciosamente inspeccionados por moscas con rostro humano.

22 poemas de Charles Simic. Traducción: Martín López-Vega. Residencia de Estudiantes. 12 de abril de 2011.

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Serás la nieta favorita de la guerra, de la enfermedad y de la hambruna.
Serás como un ciego viendo una película muda.
Verterás cebollas y trozos de tu corazón
en la misma olla caliente.
Tus hijos dormirán en una maleta atada a una cuerda.
Tu marido besará tus pechos cada noche
como si fueran dos lápidas de mármol.

Los cuervos ya se acicalan
para ti y los tuyos.
El mayor de tus hijos yacerá con moscas en los labios
sin sonreír ni alzar la mano.
Envidiarás a cada hormiga con la que te cruces en tu vida
y a cada yerba que pises junto al camino.
Tu cuerpo y tu alma se sentarán en escalones distintos
mascando el mismo trozo de chicle.

El demonio te dirá: ¿Estás en venta, bonita?
El dueño de la funeraria comprará un juguete para tu nieto.
Tu mente será un avispero incluso en tu lecho de muerte.
Rezarás a Dios pero él habrá colgado el cartel de
No molestar.

No me preguntes más, esto es cuanto sé.

22 poemas de Charles Simic. Traducción: Martín López-Vega. Residencia de Estudiantes. 12 de abril de 2011.

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