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Archive for 30 abril 2009

medusa

¿cerrado a las doce?
pero dentro
pero el recinto de melodías entrañables,
la risa, la danza, el licor.

¿no te dejan colgar el sombrero
de elegantes flores bífidas?
semáforo en rojo
para tu labio proxeneta

estás enfadada,
guardas una ampolla de ácido
bajo la lengua
y una voluntad roja
por besar

roja por cualquiera
que pueda mirarte en el ojo
y decirte adiós

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Esta es la historia de un hombre sin sombrero,
de tres o cuatro pulgadas de escaparate,
de frases como andamios en la vertical del cuello.

Muy, porque ya se lo dijeron cuando nació,
casi, porque seguía viendo el cielo después de la catástrofe.

En su ciudad todos tenían varios sombreros,
unos los vestían el mismo día a la misma hora,
otros nunca le arrancaron el plástico de fabrica,
muchos no dejaban que nadie los tocara.

De primavera, de asesinato, de cóctel,
de viento, de furia, de beso, de juegos de azar.

Ya lo decía el anciano ciego,
el decapitado no es un hombre de excesos.

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Una vez más resulta indescifrable asignar el nombre del Vacío, el azufre de Asterión, la mosca de Teseo y el lío de Ariadna.

Dejemos este bello ejercicio, a modo de muñeca recortable, para presentar a los contendientes del laberinto:


PURA SALCEDA y GONZALO DEL POZO


Jueves 30 de abril
22:00h.
Café Hernán Cortés
C\Hernán Cortés, 8
metro: Tribunal

(y que Madrid reparta suerte)

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De cada cien personas,

las que todo los saben mejor:
cincuenta y dos,

las inseguras de cada paso:
casi todo el resto,

las prontas a ayudar,
siempre que no dure mucho:
hasta cuarenta y nueve,

las buenas siempre,
porque no pueden de otra forma:
cuatro, o quizá cinco,

las dispuestas a admirar sin envidia:
dieciocho,

las que viven continuamente angustiadas
por algo o por alguien:
setenta y siete,

las capaces de ser felices:
como mucho, veintitantas,

las inofensivas de una en una,
pero salvajes en grupo:
más de la mitad seguro,

las crueles
cuando las circunstancias obligan:
eso mejor no saberlo
ni siquiera aproximadamente,

las sabias a posteriori:
no muchas más
que las sabias a priori,

las que de la vida no quieren nada más que cosas:
cuarenta,
aunque quisiera equivocarme,

las encorvadas, doloridas
y sin linterna en lo oscuro:
ochenta y tres,
tarde o temprano,

las dignas de compasión:
noventa y nueve,

las mortales:
cien de cien.
Cifra que por ahora no sufre ningún cambio.

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Es difícil regresar de la locura,
aunque la locura haya durado
pocas horas
(todas las horas).

El ridículo punto en blanco de mi rostro
dice algo: siento pánico de mi cama.
Recé en voz baja,
pensando que la pared se ausentaría
en mi sueño
y mi súplica podría derramarse
por la casa torrencialmente
y ahogar a mis padres.

Antes me sentía capaz
de soportar cualquier rutina.
Era un hombre fuerte,
cobarde, pero fuerte.

Y ahora he regresado.
Me he arrancado
pedazos de aquel hombre de la piel
y me he puesto en pie.

Entre todos los nombres
de la oscuridad, debo elegir uno.
Y cuando el sol me pregunte
le daré este nombre piadosamente,
para recordarlo,
y esperaré a que el pájaro
del sueño llegue
y me lleve.

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Dos citas confluyen aquí.

En primer lugar un artículo de Batania titulado Umbral, tío, tron, donde puede leerse lo siguiente en referencia a Francisco Umbral: También les dirán que escribió 126 libros, pero tampoco es cierto: yo me los he leído y atestiguo que lo que verdaderamente hizo fue escribir el mismo libro 126 veces.

En segundo lugar, un fragmento de un poema inédito de Elena Conchello:

para el que osa repetirse,
no le queda más que satisfacer su juego con la masa

Cada vez que me siento a escribir me enfrento a una idea sencilla y terrible: sólo tengo una oportunidad de alcanzar este poema.

La psicosis organizativa que sufro antes del acto y la fantasía de endiosamiento que se erige después del mismo, no valen nada, nada, en comparación con la sangre de ese instante.

Olvido mis poemas. Todos y cada uno de ellos. Especialmente los que fueron escritos hace un momento. Y cuando tengo problemas para seguir olvidando, sé que ha llegado el momento de enfrentarme al libro.

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cómo dormir el pánico

Un viento terrible sopla
entre aquella nada y aquella nada.
En el centro,
la cama,
yo.
Fotografío mi cuerpo
para estar seguro
de que todo sigue allí.
Y todo sigue allí
-en las fotografías.

Un viento terrible…
el cuerpo se desliza de mis manos y cae.
En escena no hay otro ser
que las fotografías.

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