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Archive for 20 agosto 2011

TUVE UN SUEÑO

Tuve un sueño: en mi sueño, siete jóvenes
gordas y lustrosas subían hacia la pradera
y yo las amaba en la pradera. Tras ellas
subían siete jóvenes delgadas y curtidas por el viento del
desierto
y devoraban a las gordas con sus muslos hambrientos,
pero el vientre seguía plano.
Yo las amaba también a ellas y me devoraban también a mí.

Pero la que interpretó mi sueño,
esa a la que realmente amé,
estaba gorda y delgada,
devoraba y era devorada.

Y el día siguiente a ella supe
que no volvería más a ese lugar.

Y la primavera siguiente a ella cambiaron las flores del campo
y las guías telefónicas con los nombres.

Y en los años siguientes a ella estalló una guerra
y supe que no volvería a soñar.




ME SIENTO BIEN EN MIS PANTALONES

Si los romanos no se hubieran jactado de su triunfo
en el arco de Tito no hubiéramos sabido
qué forma tenía el candelabro del templó.
Pero sabemos qué forma tienen los judíos
porque se han multiplicado hasta llegar a mí.

Me siento bien en mis pantalones,
donde se oculta mi triunfo.
Aunque sé que moriré
y aunque sé que el mesías no vendrá,
me siento bien.

Estoy hecho de sobras de carne y hueso
y de restos de ideologías. Soy la generación
del fondo de la olla: a veces por la noche,
cuando no puedo dormir,
oigo la dura cuchara raspando
y rascando en el fondo de la olla.

Pero me siento bien en mis pantalones,
me siento bien.




Gran tranquilidad: preguntas y respuestas. Yehuda Amijai. Traducción de Raquel García Lozano. Editorial Cátedra. 2004. Madrid.

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HAY UNA GRAN GUERRA

Hay una gran guerra en mi boca
para no endurecerse y en mi mandíbula
para no ser como las puertas de una caja fuerte vacía
y para que no se llame a mi vida, pre-muerte.

Como un periódico pegado a una valla por el viento
está pegada a mí mi alma.
Si el viento se calma
mi alma se caerá de mí.




7

«Lloraba como un niño» eso
cuando se quiere hablar de un dolor verdadero.

Pero un niño llora también
cuando quiere decir palabras sencillas.

Nunca se dirá de un niño:
«Lloraba como un hombre mayor.»




ÉSTA ES LA HISTORIA DEL POLVO

Ésta es la historia del polvo: entre salir por la mañana
y volver por la tarde pasan la mitad de las cosas
y cuando duermo, la otra mitad. Todo sin mí.

En mi bolsillo hay llaves de casas que se han ido,
en mi cartera, sellos
para cartas que ya no tengo que enviar.

Ésta es la historia del polvo que olvidó
las piedras de las que salió,
tristeza y alegría que se medían como líquidos
ahora se miden como sólidos.
La fruta del árbol le cede el sitio a una fruta nueva
sin testamente ni dolor: también a la cosecha bulliciosa
le llegará un final silencioso, no sólo a las lágrimas.

Y ya estoy a tal distancia
que no recuerdo si lo que hice
se lo hice a mi padre, o mi hijo me lo hizo a mí.




EL SEÑOR NAJUM GOLDMANN

El señor Najum Goldmann viene cada año
el Día de la independencia a ver a su pueblo
que bulle de nostalgia el día de su fiesta.

Sus ojos son astutos y oscuros
como rendijas de huchas de donativos anónimos.
Dentro de su pequeño cuerpo
reúne pena judía y dinero.

Cada año envejece dos mil años
y no se le nota. Por cada
pogrom tiene una noche de amor.
Negocia con Nabucodonosor
rey de las bestias enloquecidas. También se encuentra
a menudo con mi padre muerto.
Más que yo.

Él nos libera a nosotros y nosotros siempre
le liberamos a él. Es profesor de natación
en la historia, enseña a su pueblo a nadar
con los lentos movimientos de la subsistencia,
no el moderno crol, sino a braza,
con una cabeza grande y triste sobre el agua. Respirar, respirar.

Una mujer de cabellos dorados permanece a un lado.
Con silenciosa admiración ve
flotar a los judíos, vivos y muertos juntos.




Detrás de todo esto se oculta una gran felicidad. Yehuda Amijai. Traducción de Raquel García Lozano. Editorial La Poesía, señor hidalgo. 2004. Barcelona.

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PASEO POR LOS HERMOSOS JARDINES DEL VALLE BEN HINNOM

Para proteger el jardín y cuidar sus frutos
el hombre debe cargarse la cama a la espalda como una cruz,
ponerla en el jardín y dormir allí.
Ser parte de la sombra de día y del susurro de noche,

y todo está hecho, construido
y plantado de forma que no tengas miedo. Escucha
cómo el llanto suplicante de los que
quieren quedarse aquí por siempre se mezcla
en el aire con el llanto de los que quieren
irse a otro lugar. Y todo
está en orden y todo está bien.

Y como tierra erosionada entre
las raíces del árbol, fui erosionado en el interior de mi
padre, que permaneció.

Mis hijos volverán a ser árbol enraizado como él:
siempre una generación es árbol
y la siguiente, tierra erosionada.




UN RECUERDO AVANZA HACIA EL FUTURO

Ahora estoy en el paisaje
que vimos juntos desde la colina:
los árboles se movían con el viento,
como gente moviéndose al final de los tiempos,
y la felicidad por estar cerca de ellos
se hizo insoportable, y dijimos, qué pena
que no tengamos tiempo. «Cuando estemos
la próxima vez, iremos allí.»

Estoy allí.
Y tengo tiempo,
yo soy la próxima vez.




RECORDAR ES UNA FORMA DE ESPERANZA

La celeridad de la distancia que nos separa:
no que uno se vaya y otro se quede,
sino la doble celeridad de dos que se van.

De la casa que destruí, ni siquiera los pedazos eran míos.
Y las palabras que quisimos decirnos a lo largo de nuestra vida
eran como un preciso montón de ventanas junto a un nuevo
edificio,
cuando todavía callábamos.

No sé lo que te ha pasado desde entonces
como tampoco sé cómo me ha pasado
lo que me ha pasado desde entonces:
recordar es una forma de esperanza.




PEQUEÑO POEMA DE TRANQUILIDAD

Si el vagar es más rápido que la muerte
qué hay que temer de la muerte.

Tienes dos manos y dos pies
no estás solo,

hay hermosos cuerpos doblados sobre su amor
con la destreza en doblar papel de las guarderías.

Un hombre atraviesa la pared
y la pared permanece intacta y él permanece intacto.

Como ese hombre eres tú,
o serás como él.




Detrás de todo esto se oculta una gran felicidad. Yehuda Amijai. Traducción de Raquel García Lozano. Editorial La Poesía, señor hidalgo. 2004. Barcelona.

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IV

No tengo nada que decir sobre la guerra
no tengo nada que añadir, me da vergüenza.

A los conocimientos que asimilé en mi vida
renuncio ahora, como un desierto que renunció al agua.
Olvido nombres que nunca creí
que olvidaría.

Y a causa de la guerra vuelvo a decir
en nombre de la simple y última dulzura:
el sol gira alrededor de la tierra, sí,
la tierra es plana como una tabla perdida y flotante, sí,
hay Dios en el cielo, sí.




XI

La ciudad donde nací fue destruida por los cañones.
El barco al que subí fue hundido después, en la guerra.
El granero de Hamadia donde amé fue quemado.
El quisco de En Gedi fue bombardeado por los enemigos,
el puente de Ismailiya que crucé
en una y otra dirección en mis tardes de amor
fue hecho añicos.

Mi vida se ha ido borrando tras de mí según un mapa exacto.
¿Cuánto tiempo resisitirán los recuerdos?
La niña de mi niñez fue asesinada y mi padre está muerto.

Por eso, no me elijáis como amante o hijo,
como pasante de puentes, inquilino o ciudadano.




XXIX

La gente se va lejos para
decir: esto me recuerda otro lugar.
Es igual, se parecen. Pero
conocí a un hombre que se fue a Nueva York
para suicidarse. Objetó que las casas de Jerusalén
eran demasiado bajas y le conocían.

Guardo un buen recuerdo de él, recuerdo
que me hizo salir del aula a mitad de la clase:
«Una guapa mujer te está esperando fuera, en el jardín».
Y tranquilizó a los niños escandalosos.

Cuando pienso en la mujer y en el jardín,
lo recuerdo a él en la alta azotea
y recuerdo la soledad de su muerte y la muerte de su soledad.




XXXVI

Por las tardes Dios retira sus mercancías
brillantes del escaparate,
carros celestes, tablas de la alianza, hermosas perlas,
cruces y campanas relucientes,
las vuelve a meter en baúles oscuros
y echa el cierre: «Ningún profeta
viene ya a comprar.»




Detrás de todo esto se oculta una gran felicidad. Yehuda Amijai. Traducción de Raquel García Lozano. Editorial La Poesía, señor hidalgo. 2004. Barcelona.

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En mi habitación la cama estaba aquí, el armario allá y en medio la mesa.
Hasta que esto me aburrió. Puse entonces la cama allá y el armario aquí.
Durante un tiempo me sentí animado por la novedad. Pero el aburrimiento acabó por volver.
Llegué a la conclusión de que el origen del aburrimiento era la mesa, o mejor dicho, su situación central e inmutable.
Trasladé la mesa allá y la cama en medio. El resultado fue inconformista.
La novedad volvió a animarme, y mientras duró me conformé con la incomodidad inconformista que había causado. Pues sucedió que no podía dormir con la cara vuelta a la pared, lo que siempre había sido mi posición favorita.
Pero al cabo de cierto tiempo, la novedad dejó de ser tal y no quedó más que la incomodidad. Así que puse la cama aquí y el armario en medio.
Esta vez el cambio fue radical. Ya que un armario en medio de una habitación es más que inconformista. Es vanguardista.
Pero al cabo de cierto tiempo… Ah, si no fuera por “ese cierto tiempo”. Para ser breve, el armario en medio también dejó de parecerme algo nuevo y extraordinario.
Era necesario llevar a cabo una ruptura, tomar una decisión terminante. Si dentro de unos límites determinados no es posible ningún cambio verdadero, entonces hay que traspasar dichos límites. Cuando el inconformismo no es suficiente, cuando la vanguardia es ineficaz, hay que hacer una revolución.
Decidí dormir en el armario. Cualquiera que haya intentado dormir en un armario, de pie, sabrá que semejante incomodidad no permite dormir en absoluto, por no hablar de la hinchazón de pies y de los dolores de columna.
Sí, esa era la decisión correcta. Un éxito, una victoria total. Ya que esta vez, “cierto tiempo” también se mostró impotente. Al cabo de cierto tiempo, pues, no sólo no llegué a acostumbrarme al cambio -es decir, el cambio seguía siendo un cambio-, sino que al contrario, cada vez era más consciente de ese cambio, pues el dolor aumentaba a medida que pasaba el tiempo.
De modo que todo habría ido perfectamente a no ser por mi capacidad de resistencia física, que resultó tener sus límites. Una noche no aguanté más. Salí del armario y me metí en la cama.
Dormí tres días y tres noches de un tirón. Después puse el armario junto a la pared y la mesa en medio, porque el armario en medio me molestaba.
Ahora la cama está de nuevo aquí, el armario allá y la mesa en medio. Y cuando me consume el aburrimiento, recuerdo los tiempos en que fui revolucionario…



(mi agradecimiento a Alba Ramírez Roeznillo, quien tuvo la gentileza de descubrirme este microcuento)

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