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Archive for 19 agosto 2009

[Destilaciones obtenidas de: El pez místico. Nuria Ruiz de Viñaspre. Ed. Olifante. 1ª edicion, Zaragoza, 25 de abril de 2009.]


Hay un pez en mi sexo


mordí el anzuelo de su boca
y perdí mis extremidades
entonces, cuando todo fue turbulencia
olvidé mi hermética transversalidad


¡qué muerte segura cualquier día de sol!


¡qué espectáculo de sangre flotando rota!


¡qué hermética su materia
fijada en el ancla de mi vida!


sería gimnasta de suelo sin pecera


una arruga sin mapa
un atlántico necio
una lavadora exaltada
un pez con traje limpio


¿Tanto te pesa el agua?


Nuestras voces son tan líquidas
suaves y alargadas
son voces que nunca chocan
contra ningún objeto


Su silencio hecho sal
aplastó mi cabeza


soy como ese animal sagrado
sacrificado por el verbo
ahogado por un ansia que le condujo
a la más absoluta imperfección


Ahora sólo soy un cuerpo
un lugar
un espacio al sol


Tengo flotando en mis ovarios


Emigrantes mudos en ensordecedores cuerpos


están dentro
materializándose bajo mis manos
mientras excavo espinas en sus puntos cardinales
pequeña bestia amnésica recién reconstruida


cómo no me di cuenta


que en este legítimo error de suicidas
te acechabas a ti mismo

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aquellos peces tenían la misma tristeza
que una ropa sin usar
el tacto huérfano que había
en el mar de sus peceras
su deseo en cruz

La casa está ardiendo
la casa en ruinas está ardiendo
no arde sólo la brasa en este suelo de barro
donde vive uno en su mundo comunista
o en ese otro opulento mundo a las afueras
más aletargado de tristeza
la casa está ardiendo
la casa en ruinas está ardiendo
arden los muebles de esta pecera sin agua
las sábanas de agua arden
las paredes de las calles sudan
arden cocinas y arterias
que desdeñan peces incendiados
la casa está ardiendo
la casa en ruinas está ardiendo
¡qué desorden social!
¡era tan imprescindible vigilar el fuego!

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Fue una piedra.
No yo.
Fueron dos piedras.
El coche quedó abierto.
Él me seguía.
Yo sólo vi que el coche estaba abierto, los faros encendidos.
Fue una piedra.
No.
Dos.
Fueron dos piedras.
Él me seguía.
Se lo había dicho:
¡Basta!
¡Basta!
Tres veces dije ¡basta! pero quería mi lengua su aliento a combustible.
Salí del coche. Dije:
-No habrá más.
-Nunca más.
Yo acumulaba fuerzas.
Es de noche -decía-
hay que volver, Aurora.
¡Aurora!
¡Aurora!
Pronunciaba mi nombre con la mano extendida como si fuese yo quien va a caerse.
Me seguía.
Miré hacia atrás.
Vi las puertas abiertas, los faros encendidos.
Una piedra hizo un surco en la noche, otro en su frente.
No.
Dos.
Fueron dos piedras.
Fue la otra, no yo, la que estaba esperándolo.
La que abrazó su cráneo por la espalda cuando cayó con los faros abiertos, las puertas encendidas.

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Supe a los doce años que aquel coche tan grande era un Seat -y con dos apellidos que son Mil Cuatrocientos. Verde, como el agua estancada. Y fuimos a estrenarlo.

Hasta esa edad recuerdo pocas cosas pues la memoria era un territorio inexplorado, oculto, sólo útil para que en él pastasen mis secretos.

Eran mis doce años.
Me enseñó cómo huelen los coches cuando nacen.
-Hay que estar muy atenta porque este instante es único y no se olvida nunca.
Este olor primigenio sólo escapa el día que su dueño abre sus puertas por primera vez. Sólo una vez. Y sólo al primer dueño.

Y era cierto. Nunca más lo olvidé. Porque un poco más tarde y también para siempre habría de recordar el clic metálico que hace que se desmayen los respaldos. La frialdad del plástico de las tapicerías pegadas a mi espalda. El olor del tabaco en mi saliva. El apretón caliente de unos brazos. El peso de otro cuerpo. La liviandad del mío. Supe del tacto del semen, como la goma arábiga, y su olor, a lejía.

En casa me esperaba otro regalo. La postura correcta para usar el bidé. Me enseñó a hacerlo y me quedó la impronta de aquel agua caliente corriendo por el cauce de mis muslos al tiempo que mis ojos se perdían en un paisaje azul de baldosines.

Allí, quieta, escuchando el revuelo de aquel agua mientras era engullida, mientras el sumidero succionaba mis lágrimas, aprendí a recordar.

Aprendí a recordar con las piernas abiertas mientras contaba doce azulejos en el alicatado. Doce anillas sujetaban la cortina en la ducha. Doce veces el cuco abrió sus puertas abajo, en la salita. Doce veces cantó mis doce años. Doce años cumplí sentada en un desagüe.

Ese fue mi regalo, recordar. Recordar cómo huelen los cuerpos cuando se abren en ese instante único.
Recordar ese olor primigenio que se escapa el día que su dueño abre la puerta por primera vez. Sólo una vez. Y sólo al primer dueño.

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Había una frase de Valente que me parecía muy interesante, que decía que el poeta nunca es una fuente sino un vaso (…) Yo creo que el papel del poeta, si es que puede llamarse así, tener un papel, sería conservarse lo más limpio posible, como vaso, para que el agua llegue lo menos sucia posible. Siempre se va a ensuciar, obviamente. Pero yo creo que ese es el cometido: mantenerse lo más limpio posible para estar disponible para ese agua.

No creo en la inspiración total. Creo que la poesía parte de un trabajo de contención, como decíamos del vaso.

La lenta y un poco indeterminada bicicleta que es la poesía se apoya en dos ruedas: una sería la musical, que tiene que ver con el tiempo, y otra sería la espacial (pintura, fotografía) que tiene que ver con el espacio. La poesía es una de las pocas artes que está apoyada absolutamente en las dos.

[En relación a la actividad poética como actividad marginal]
Es buena toda actividad marginal siempre y cuando no enarbole la bandera de la marginalidad (…) cuando se enarbola una bandera se va hacia el centro. Yo creo que lo marginal es un privilegio porque en realidad te permite ir, digamos, al confín y desde el confín se ven muchas más cosas que desde el centro.

[¿Cuál crees que es el obstáculo principal al que se enfrenta un poeta en su carrera?]
Creo que el obstáculo principal es considerar la poesía como una carrera.

La poesía tiene un compromiso ético muy importante, que es la de ser verdadera (…) ser verdadera significa estar exenta de retórica, ser verdadera significa no querer alcanzar con lo poético otro estadio mucho menos humilde, la poesía debe ser pobre y humilde por excelencia (…) Un compromiso social y político tendría que ejercerlo desde otro lado, más que por el poético.

Puede visionarse la entrevista completa en el siguiente enlace.

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descenso

el escalador del cementerio,
no ve los hilos,
ni el rosario que discurre entre los dedos
de aquellos que lo intentan.
pero usa las tumbas como escalones
y las rosas ejecutan precipicios.
el descalador mantiene su centro
en la pared que tumba,
para que no se derrumbe.

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