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Posts Tagged ‘los hombres intermitentes’

Me llamaron desde un bar cercano a mi casa. El amigo común hizo las presentaciones, y todos, sonrientes, estrecharon mi mano. Los rasgos neutros y los atuendos de elegancia comedida les salvaban de cualquier identificación inmediata. No di importancia a sus rostros, porque presentí que no los usaban.
Los invité a unas infusiones y, cuando entraron en la vivienda, sus miradas registraron los objetos y las formas. Me preguntaron acerca de atriles y partituras. Sus silencios no eran de reposo, sino de acecho.
Entre sorbos de té y hierbabuena analizaban historias de países lejanos, repudiaban trabajos ficticios, y qué desagradable la nieve. Yo imaginé una colección de capuchas, el desánimo de los espejos al buscar la cara verdadera entre sus disfraces, y vi que bebían con la desesperación secreta de los que, antes del amanecer, recorren caminos para imponer la aridez.
Pasamos juntos una tarde apacible.
Poco antes de despedirnos, descubrí que uno de ellos, que con fingido despiste se había separado del resto, inspeccionaba mi habitación.
Saben que puedo ser el enemigo, nueva diana de su odio, porque duermo al lado de una niña que sueña con búhos.


Los hombres intermitentes. Francisco Javier Irazoki. Editorial Hiperión. 2006.

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Amé, fui rechazado y desaparecí.
Me abandonó una mujer que, conforme se despedía, borraba mi cuerpo. Su ausencia me volvió invisible. Acudí al trabajo, donde hice las tareas de costumbre, pero nadie pudo notar mi presencia; entré sin ser visto en los lugares concurridos de siempre. Ningún familiar o conocido sufriría por perderme, porque también mi pasado se evaporó en sus recuerdos. Encontraron mi imagen en los álbumes y sólo distinguieron un fondo de vegetación indefinida. Los amigos se acercaron a mí como si atendieran a un bloque de aire.
Mi sufrimiento se apretó en una ráfaga con que tocaba a quienes me habían acompañado antes del eclipse. La soledad era pasar por debajo de aquellas ropas.
Años más tarde, quise a otra mujer. Ella retuvo el soplo del que surgieron dos brazos y piernas, unos labios pegados a los suyos. Saqué mis zapatos escondidos detrás de los arbustos, y regresé despacio a las fotografías. Y, cordiales, todos nos miramos envejecidos con naturalidad.

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Soy el niño rodeado de niebla. Crezco a medida que una figura del fondo acentúa su silueta. Ella avanza muy despacio y cubierta por un velo de calima. Da otro paso más y emite los sonidos de mis brazos y piernas que se alargan.
Poco a poco distingo con nitidez la fisonomía de quien se acerca a mi cuerpo creciente. Con la ansiedad de joven me fijo en sus pechos, en el movimiento de sus caderas, en los ojos brillantes. Cuando llega al lugar donde espero, pone en mis manos una sustancia desconocida que introduzco en la boca. También sorbo un líquido en el que ha disuelto algún narcótico de su intimidad.
Camino detrás de esta mujer. No sufro al seguir su ritmo rápido, porque el deseo me vuelve ligero.
El trayecto es un gran circuito, y aquí coincido con niños cuyo crecimiento lo decide la movilidad de otras figuras que se divisan en la lejanía, y dejo atrás a unos hombres lentos y desgastados.
Gradualmente siento el peso que disminuye la velocidad de mi marcha. Pierdo de vista los trazos deshilachados de la mujer que amé, y me abandonan las telas con que me abrigo. A continuación se desgajan los miembros de mi cuerpo; primero un brazo y un pie, que se alejan en el aire; despegan hacia el horizonte blanco.
Viene el día en que me deshago en hilos de niebla, y es la niebla con que se envuelven las nuevas siluetas que se dirigen al encuentro de los recién nacidos.

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hace unos meses Hasier Larretxea me recomendaba la lectura de algunos títulos de poesía. en aquella ocasión se centró especialmente en Francisco Javier Irazoki y su libro Los hombres intermitentes. Irazoki construye, empleando el título de su obra, a un sujeto de la infancia: el hombre no es sino un conjunto intermitente de recuerdos intensos, cuyo discurso le ofrece, en el tiempo, una ficticia continuidad. Este sujeto no puede elegir un bando en un momento tan delicado como la preparación y ejecución de la transición española, entre País Vasco y Navarra. Este sujeto trata de entender, recordando: su posición en ese “paraíso”, en palabras de Fernando Aramburu, le otorga una inocencia indispensable para poder traducir en la palabra poética una realidad despojada de moral.

Pero no lanzo estas líneas para abordar la obra de Irazoki, sino para dar cuenta de un impulso. El segundo poema del libro, Palabra de árbol, me recordó como un fulgor otro texto impactante de Manuel Altolaguirre, Mi hijo muerto. Transformaciones. En un nuevo ejercicio de ficción necesaria se establece una continuidad en lo intermitente. En el escrito de Irazoki la vida que no comienza, el hermano fallecido en el vientre materno, encuentra su posibilidad en la higuera donde es enterrado el cuerpo. El propio hermano que saborea sus frutos tratando de descubrir la lengua fraternal, adquiere misterios que sobreviven el fenómeno de lo perdido. Su hermano muerto se comunica con él por el sabor de los frutos.

Transformaciones. La continuidad que expresa Altolaguirre se encuentra en el sujeto que recuerda. El hijo muerto del poeta es enterrado y el proceso natural de descomposición lleva a la dispersión de la vida. La vida, por tanto, se encuentra en todas partes, pero su pura disgregación la debilita. En este seno estéril / quisieras desnacerte. El padre en este caso habla con su hijo a través de su recuerdo. Sólo él puede reunir de nuevo lo disperso, dar continuidad a lo perdido. concentrar la vida, contra la irremediable huida de la unidad.


Palabra de árbol

No conocí al que murió en el vientre de mi madre. La abuela lo recogió, dijo que era grande como un guía y lo puso en el hoyo que el padre había cavado entre las raíces de mi higuera preferida.
Yo pasaba las tardes enteras bajo el gris áspero de las hojas del árbol, esperando que naciesen los higos. Cogía al fin el fruto blando y tocaba su piel negra que después deshacía en tiras. Cada hilo era una puerta para adentrarme en mi hermano muerto y lo paladeaba al ritmo lento de un viajero antiguo. Luego rompía con los dientes las semillas menudas del interior. Ellas contenían palabras, voces que subieron por la savia de la higuera.
Los otros niños crecieron descubriendo aventuras. Para mí, crecer fue sentir el paso del tiempo al escuchar los mensajes que un muerto me enviaba desde sus frutos.
Alguien quiso una ceremonia devota en aquel lugar. De la cartera de mi ojo derecho saqué una lágrima inmóvil. Una lágrima petrificada que se transformó en blasfemia de fuego cuando la deposité en la escudilla situada a los pies de los ídolos.

(Los hombres intermitentes. Francisco Javier Irazoki. Editorial Hiperión. Madrid, 2006. Pag. 28)


Mi hijo muerto

Aquella intimidad,
aquel silencio,
cuando todo era amor
sin libertad posible,
cuando te confundías con su carne
en caricia total y prolongada,
existen en la muerte
ahora que te confundes con la tierra.

Este silencio íntimo
en otra nueva madre,
que no te dará al frío
ni a la luz de la vida,
será más prolongado,
no terminará nunca.

En este seno estéril
quisieras desnacerte,
reintegrarte a los ríos,
volver a ser mi sangre.
Te veo a ti,
huyendo disgregado
en todas direcciones.
Huyes de tu unidad.
Sólo yo te concentro.

(Poesías completas. Manuel Altolaguirre. Editorial Cátedra. Madrid, 1999. Pag. 221)

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