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Posts Tagged ‘los círculos concéntricos’

Fue una piedra.
No yo.
Fueron dos piedras.
El coche quedó abierto.
Él me seguía.
Yo sólo vi que el coche estaba abierto, los faros encendidos.
Fue una piedra.
No.
Dos.
Fueron dos piedras.
Él me seguía.
Se lo había dicho:
¡Basta!
¡Basta!
Tres veces dije ¡basta! pero quería mi lengua su aliento a combustible.
Salí del coche. Dije:
-No habrá más.
-Nunca más.
Yo acumulaba fuerzas.
Es de noche -decía-
hay que volver, Aurora.
¡Aurora!
¡Aurora!
Pronunciaba mi nombre con la mano extendida como si fuese yo quien va a caerse.
Me seguía.
Miré hacia atrás.
Vi las puertas abiertas, los faros encendidos.
Una piedra hizo un surco en la noche, otro en su frente.
No.
Dos.
Fueron dos piedras.
Fue la otra, no yo, la que estaba esperándolo.
La que abrazó su cráneo por la espalda cuando cayó con los faros abiertos, las puertas encendidas.

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Supe a los doce años que aquel coche tan grande era un Seat -y con dos apellidos que son Mil Cuatrocientos. Verde, como el agua estancada. Y fuimos a estrenarlo.

Hasta esa edad recuerdo pocas cosas pues la memoria era un territorio inexplorado, oculto, sólo útil para que en él pastasen mis secretos.

Eran mis doce años.
Me enseñó cómo huelen los coches cuando nacen.
-Hay que estar muy atenta porque este instante es único y no se olvida nunca.
Este olor primigenio sólo escapa el día que su dueño abre sus puertas por primera vez. Sólo una vez. Y sólo al primer dueño.

Y era cierto. Nunca más lo olvidé. Porque un poco más tarde y también para siempre habría de recordar el clic metálico que hace que se desmayen los respaldos. La frialdad del plástico de las tapicerías pegadas a mi espalda. El olor del tabaco en mi saliva. El apretón caliente de unos brazos. El peso de otro cuerpo. La liviandad del mío. Supe del tacto del semen, como la goma arábiga, y su olor, a lejía.

En casa me esperaba otro regalo. La postura correcta para usar el bidé. Me enseñó a hacerlo y me quedó la impronta de aquel agua caliente corriendo por el cauce de mis muslos al tiempo que mis ojos se perdían en un paisaje azul de baldosines.

Allí, quieta, escuchando el revuelo de aquel agua mientras era engullida, mientras el sumidero succionaba mis lágrimas, aprendí a recordar.

Aprendí a recordar con las piernas abiertas mientras contaba doce azulejos en el alicatado. Doce anillas sujetaban la cortina en la ducha. Doce veces el cuco abrió sus puertas abajo, en la salita. Doce veces cantó mis doce años. Doce años cumplí sentada en un desagüe.

Ese fue mi regalo, recordar. Recordar cómo huelen los cuerpos cuando se abren en ese instante único.
Recordar ese olor primigenio que se escapa el día que su dueño abre la puerta por primera vez. Sólo una vez. Y sólo al primer dueño.

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